El Kybalion
Los Misterios de
Hermes
Tres Iniciados
CONTENIDO
Mucho placer nos causa el poder presentar este
trabajo a la atención de los estudiantes e investigadores de las Doctrinas
Secretas, obra que está basada en las antiquísimas enseñanzas herméticas. Se ha
escrito tan poca cosa sobre este asunto, a pesar de las innumerables
referencias que se han hecho de estas enseñanzas en muchos de los trabajos sobre
ocultismo, que los investigadores de las verdades arcanas habrán, sin dudas,
presentido la aparición de este libro.
El propósito de éste no es la enunciación de
una filosofía o doctrina especial, sino más bien el de dar al estudiante una
exégesis de la verdad, que le sirva para conciliar los muchos tópicos de los
conocimientos ocultos que puede ya haber adquirido, pero que, aparentemente,
son contradictorios y paradójicos, lo que a menudo desanima y disgusta al
principiante. Nuestro intento no es el de erigir un nuevo templo de sabiduría,
sino el de colocar en manos del investigador una clave maestra con la cual
pueda abrir las numerosas puertas internas que conducen al Templo del Misterio.
Ningún conocimiento oculto ha sido tan
celosamente guardado como los fragmentos de las enseñanzas herméticas, los que
han llegado hasta nosotros a través de las centurias transcurridas desde los
tiempos del Gran Fundador, Hermes Trismegisto, «el elegido de los dioses»,
quien murió en el antiguo Egipto, cuando la raza actual estaba en su infancia.
Contemporáneo de Abraham, y, si la leyenda no miente, instructor de aquel
venerable sabio, Hermes fue y es el Gran Sol Central del Ocultismo, cuyos rayos
han iluminado todos los conocimientos que han sido impartidos desde entonces.
Todas las bases fundamentales de las enseñanzas esotéricas que en cualquier
tiempo han sido impartidas a la raza son originarias, en esencia, de las
formuladas por Hermes. Aun las más antiguas doctrinas de la India han tenido su
fuente en las enseñanzas herméticas.
Desde la tierra del Ganges muchos ocultistas
avanzados se dirigieron hacia el Egipto para postrarse a los pies del Maestro.
De él obtuvieron la clave maestra, que, al par que explicaba, reconciliaba sus
diferentes puntos de vista, estableciéndose así firmemente la Doctrina Secreta.
De todas partes del globo vinieron discípulos y neófitos que miraban a Hermes
como el Maestro de los Maestros, y su influencia fue tan grande que, a pesar de
las negativas de los centenares de instructores que había en los diferentes
países, se puede fácilmente encontrar en las enseñanzas de estos últimos las
bases fundamentales en las que se asentaban las doctrinas herméticas. El
estudiante de religiones comparadas puede fácilmente percibir la influencia tan
grande que las enseñanzas herméticas han ejercido en todas las religiones, sea
cual fuere el nombre con que se les conozca ahora, bien en las religiones
muertas o bien en las actualmente existentes. La analogía salta a la vista, a
pesar de los puntos aparentemente contradictorios, y las enseñanzas herméticas
son como un conciliador de ellas.
La obra de Hermes parece haberse dirigido en
el sentido de sembrar la gran verdad que se ha desarrollado y germinado en
tantas y tan extrañas formas, más bien que en el de establecer una escuela de
la filosofía que dominara el pensamiento del mundo. Sin embargo, la verdad
original enseñada por él ha sido guardada intacta, en su pureza primitiva, por
un reducido número de hombres en cada época, los cuales, rehusando gran número
de aficionados y de estudiantes poco desarrollados, siguieron el proceder
hermético y reservaron su conocimiento para los pocos que estaban prontos para
comprenderlo y dominarlo. De los labios a los oídos fue transmitido este conocimiento
entre esos pocos. Siempre han existido en cada generación y en los diversos
países de la tierra algunos iniciados que conservaron viva la sagrada llama de
las enseñanzas herméticas, y que siempre han deseado emplear sus lámparas para
encender las lámparas menores de los del mundo profano, cuando la luz de la
verdad languidecía y se anublaba por su negligencia, o cuando su pabilo se
ensuciaba con materias extrañas. Han existido siempre los pocos que cuidaron el
altar de la verdad, sobre el cual conservaron siempre ardiendo la lámpara
perpetua de la Sabiduría. Esos hombres dedicaron su vida a esa labor de amor
que el poeta describiera en estas líneas:
“O, let not
the flame die out! Cherished age after age in its dark cavern —in its holy
temples cherished. Fed by pure ministers of love— let not the flame die out!”
«¡Oh, no dejes extinguirse la llama!
Sustentada por generación tras generación en su oscura caverna —en sus templos
sagrados sustentada. Nutrida por puros sacerdotes de amor— ¡no dejes extinguirse
la llama!»
Estos hombres no buscaron nunca ni la
aprobación popular ni acaparar gran número de prosélitos. Son indiferentes a
esas cosas, pues saben de sobra cuán pocos hay en cada generación, capaces de
recibir la verdad, o de reconocerla si se les presentara. Ellos «reservan la
carne para los hombres», mientras que los demás «dan leche a los niños»,
conservan sus perlas de sabiduría para los pocos elegidos capaces de apreciar
su valor y de llevarlas en sus coronas, en vez de echárselas a los cerdos que las
mancillarían y pisotearían en el cieno de sus chiqueros. Mas estos hombres no
han olvidado aún los preceptos de Hermes respecto a la transmisión de estas
enseñanzas a los que estén preparados para recibirlas, acerca de lo cual dice El
Kybalion: «Dondequiera que estén las huellas del Maestro, allí, los oídos
del que está pronto para recibir sus enseñanzas se abren de par en par». Y
además: «Cuando el oído es capaz de oír, entonces vienen los labios que han de
llenarlos con sabiduría». Pero su actitud habitual ha estado siempre
estrictamente de acuerdo con otro aforismo, de El Kybalion también, que
dice que «los labios de la Sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído
capaz de comprender.»
Y esos oídos incapaces de comprender son los
que han criticado esta actitud de los hermetistas y los que se han lamentado
públicamente de que aquellos no hayan expresado nunca claramente el verdadero
espíritu de sus enseñanzas, sin reservas ni reticencias. Pero una mirada
retrospectiva en las páginas de la historia demostrará la sabiduría de los
maestros, quienes conocían la locura que era intentar enseñar al mundo lo que
éste no deseaba ni estaba preparado para recibir. Los hermetistas nunca han
deseado ser mártires, sino que, por el contrario, han permanecido retirados,
silenciosos y sonrientes ante los esfuerzos de algunos que se imaginaban, en su
ardiente entusiasmo, que podían forzar a una raza de bárbaros a admitir
verdades que sólo pueden comprender los que han avanzado mucho en el Sendero.
El espíritu de persecución no ha muerto aún en
la tierra. Hay ciertas enseñanzas herméticas que, si se divulgaran, atraerían
sobre sus divulgadores un griterío de odio y el desprecio de las multitudes,
las que volverían a gritar de nuevo: ¡Crucificadlo!… ¡Crucificadlo!…
En esta obrita hemos tratado de daros una idea
de las enseñanzas fundamentales de El Kybalion, indicando todo cuanto se
refiere a los principios actuales, dejándoos el trabajo de estudiarlos, más
bien que el de tratarlos nosotros mismos en detalle. Si sois verdaderos
estudiantes o discípulos, comprenderéis y podréis aplicar estos principios; si
no, debéis desarrollarlos, pues de otra manera las enseñanzas herméticas no
serán para vosotros sino «palabras, palabras, palabras».
LOS TRES INICIADOS
Capítulo I
La filosofía hermética
«Los labios de la sabiduría permanecen cerrados,
excepto para el oído capaz de comprender.»
El Kybalion.
Desde el antiguo Egipto han venido las
enseñanzas fundamentales y secretas que tan fuertemente han influido en los
sistemas filosóficos de todas las razas y de todos los pueblos, durante
centurias enteras. El Egipto, la patria de las pirámides y de la Esfinge, fue la
cuna de la Sabiduría Secreta y de las doctrinas místicas. Todas las naciones
han sacado las suyas de sus doctrinas esotéricas, La India, Persia, Caldea,
Medea, China, Japón, Asiria, la antigua Grecia y Roma, y otros no menos importantes
países, se aprovecharon libremente de las doctrinas formuladas por los
hierofantes y Maestros de la tierra de Isis, conocimientos que sólo eran
transmitidos a los que estaban preparados para participar de lo oculto.
Fue también en el antiguo Egipto donde
vivieron los tan grandes adeptos y Maestros que nadie después ha sobrepasado, y
que rara vez han sido igualados en las centurias que han transcurrido desde los
tiempos del Gran Hermes. El Egipto fue la residencia de la Gran Logia de las
fraternidades místicas. Por las puertas de su templo entraron todos los
neófitos que, convertidos más tarde en Adeptos, Hierofantes y Maestros, se
repartieron por todas partes, llevando consigo el precioso conocimiento que
poseían y deseando hacer partícipe de él a todo aquel que estuviera preparado
para recibirlo. Ningún estudiante de ocultismo puede dejar de reconocer la gran
deuda que tiene contraída con aquellos venerables Maestros de Egipto.
Pero entre esos grandes maestros existió uno
al que los demás proclamaron «el Maestro de los Maestros». Este hombre, si es
que puede llamarse «hombre» a un ser semejante, vivió en Egipto en la más
remota antigüedad y fue reconocido bajo el nombre de Hermes Trismegisto.
Fue el padre de la sabiduría, el fundador de
la astrología, el descubridor de la alquimia. Los detalles de su vida se han
perdido para la historia, debido al inmenso espacio de tiempo transcurrido
desde entonces. La fecha de su nacimiento en Egipto, en su última encarnación
en este planeta, no se conoce ahora, pero se ha dicho que fue contemporáneo de
las más antiguas dinastías de Egipto, mucho antes de Moisés. Las autoridades en
la materia lo creen contemporáneo de Abraham, y en alguna de las tradiciones
judías se llega a afirmar que Abraham obtuvo muchos de los conocimientos que
poseía del mismo Hermes.
Después de haber transcurrido muchos años
desde su muerte (la tradición afirma que vivió trescientos años), los egipcios
lo deificaron e hicieron de él uno de sus dioses, bajo el nombre de Thoth. Años
después los griegos hicieron también de él otro de sus dioses y lo llamaron
«Hermes, el dios de la sabiduría». Tanto los griegos como los egipcios
reverenciaron su memoria durante centurias enteras, denominándole el «inspirado
de los dioses», y añadiéndole su antiguo nombre «Trismegisto», que significa
«tres veces grande». Todos estos antiguos países lo adoraron, y su nombre era
sinónimo de «fuente de sabiduría».
Aun en nuestros días usamos el término
«hermético» en el sentido de «secreto», «reservado», etc., y esto es debido a
que los hermetistas habían siempre observado rigurosamente el secreto de sus
enseñanzas. Si bien entonces no se conocía aquello de «no echar perlas a los
cerdos», ellos siguieron su norma de conducta especial que les indicaba «dar
leche a los niños y carne a los hombres», cuyas máximas son familiares a todos
los lectores de las escrituras bíblicas, máximas que, por otra parte, habían
sido ya usadas muchos siglos antes de la Era Cristiana.
Y esta política de diseminar cuidadosamente la
verdad ha caracterizado siempre a los hermetistas, aun en nuestros días. Las
enseñanzas herméticas se encuentran en todos los países y en todas las
religiones, pero nunca identificada con un país en particular ni con secta
religiosa alguna. Esto es debido a la prédica que los antiguos instructores
hicieron para evitar que la Doctrina Secreta se cristalizara en un credo. La
sabiduría de esta medida salta a la vista de todos los estudiantes de historia.
El antiguo ocultismo de la India y la Persia degeneró y se perdieron sus
conocimientos, debido a que los instructores se habían convertido en sacerdotes
y mezclaron la teología con la filosofía, siendo su inmediata consecuencia que
perdieron toda su sabiduría, la que acabó por transformarse en una cantidad
inmensa de supersticiones religiosas, cultos, credos y dioses. Lo mismo pasó
con las enseñanzas herméticas de los gnósticos cristianos, enseñanzas que se
perdieron por el tiempo de Constantino, quien mancilló la filosofía mezclándola
con la teología, y la iglesia cristiana perdió entonces su verdadera esencia y
espíritu, viéndose obligada a andar a ciegas durante varios siglos, sin que
hasta ahora haya encontrado su camino, observándose actualmente que la iglesia
cristiana está luchando nuevamente por aproximarse a sus antiguas enseñanzas
místicas.
Pero siempre han existido unas cuantas almas
que han conservado viva la llama, alimentándola cuidadosamente y no permitiendo
que se extinguiera su luz. Y gracias a esos firmes corazones y a esas mentes de
extraordinario desarrollo tenemos aún la verdad con nosotros. Mas no se
encuentra en los libros. Ella ha sido transmitida del Maestro al discípulo, del
iniciado al neófito, de los labios a los oídos. Si alguna vez se ha escrito
algo sobre ella, su significado ha sido cuidadosamente velado con términos de
astrología y alquimia, de tal manera que sólo los que poseían la clave podían
leerlo correctamente. Esto se hizo necesario a fin de evitar las persecuciones
de los teólogos de la Edad Media, quienes luchaban contra la Doctrina Secreta a
sangre y fuego. Aun en nuestros días nos es dable encontrar algunos libros
valiosos de filosofía Hermética, pero la mayor parte se ha perdido. Sin
embargo, la Filosofía Hermética es la única clave maestra que puede abrir las
puertas a todas las enseñanzas ocultas.
En los primeros tiempos existió una
compilación de ciertas doctrinas herméticas que eran las bases fundamentales de
toda la Doctrina Secreta, y que habían sido, hasta entonces, transmitidas del
instructor al estudiante, compilación que fue conocida bajo el nombre de El
Kybalion, cuyo exacto significado se perdió durante centenares de años. Sin
embargo, algunos que han recibido sus máximas de los labios a los oídos las
comprenden y las conocen. Sus preceptos no habían sido escritos nunca hasta
ahora. Son, simplemente, una serie de máximas y axiomas que luego eran
explicados y ampliados por los Iniciados. Estas enseñanzas constituyen
realmente los principios básicos de la «alquimia hermética», la que,
contrariamente a lo que se cree, está basada en el dominio de las fuerzas
mentales, más bien que en el de los elementos materiales; en la transmutación
de una clase de vibraciones mentales en otras, más bien que en el cambio de una
clase de metal en otro. La leyenda acerca de la piedra filosofal, que convertía
todos los metales en oro, era una alegoría relativa a la Filosofía Hermética,
alegoría que era perfectamente comprendida por todos los discípulos del verdadero
hermetismo.
En esta obrita invitamos a nuestros
estudiantes a examinar las enseñanzas herméticas, tal como fueron expuestas en El
Kybalion, explicadas y ampliadas por nosotros, humildes estudiantes de las
mismas, que si bien llevamos el título de iniciados somos, sin embargo, simples
discípulos a los pies de Hermes, el Maestro. Transcribimos aquí muchas de las máximas
y preceptos de El Kybalion, acompañadas por explicaciones y comentarios
que creemos ayudarán a hacer más fácilmente comprensible esas enseñanzas por
los hombres modernos, especialmente teniendo en cuenta que el texto original ha
sido velado a propósito con términos obscuros y desconcertantes.
Las máximas originales, axiomas y preceptos de
El Kybalion están impresos con otro tipo de letra. Esperamos que los
lectores de esta obra sacarán tanto provecho del estudio de sus páginas como lo
han sacado otros que han pasado antes por el mismo sendero que conduce a la
maestría desde los tiempos de Hermes Trismegisto, el Maestro de los Maestros,
el Tres veces Grande, hasta ahora.
Dice El Kybalion:
«Donde quiera que estén las huellas del Maestro,
allí los oídos del que está pronto para recibir sus enseñanzas se abren de par
en par.»
«Cuando el oído es capaz de oír, entonces vienen
los labios que han de llenarlos con sabiduría.»
De manera que, de acuerdo con lo indicado,
este libro sólo atraerá la atención de los que están preparados para recibirlo.
Y recíprocamente, cuando el estudiante esté preparado para recibir la verdad,
entonces este libro llegará a él. El principio hermético de causa y efecto, en
su aspecto de «ley de atracción», llevará los oídos junto a los labios y el
libro junto al discípulo.
Capítulo II
Los siete principios herméticos
«Los principios de la verdad son siete: el que
comprende esto perfectamente, posee la clave mágica ante la cual todas las
puertas del Templo se abrirán de par en par.»
El Kybalion.
Los siete principios sobre los que se basa
toda la Filosofía Hermética son los siguientes:
1. EL PRINCIPIO DE MENTALISMO.
2. EL PRINCIPIO DE CORRESPONDENCIA.
3. EL PRINCIPIO DE VIBRACIÓN.
4. EL PRINCIPIO DE POLARIDAD.
5. EL PRINCIPIO DE RITMO.
6. EL PRINCIPIO DE CAUSA Y EFECTO.
7. EL PRINCIPIO DE GENERACIÓN.
1. El principio de mentalismo
«El TODO es Mente; el universo es mental.»
El Kybalion.
Este principio encierra la verdad de que «todo
es mente». Explica que el TODO, que es la realidad sustancial que se oculta
detrás de todas las manifestaciones y apariencias que conocemos bajo los
nombres de «universo material», «fenómenos de la vida», «materia», «energía»,
etc., y en una palabra, todo cuanto es sensible a nuestros sentidos materiales,
es espíritu, quien en sí mismo es incognoscible e indefinible, pero que puede
ser considerado como una mente infinita, universal y viviente. Explica también
que todo el mundo fenomenal o universo es una creación mental del TODO en cuya
mente vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Este principio, al establecer
la naturaleza mental del universo, explica fácilmente los varios fenómenos
mentales y psíquicos que tanto han preocupado la atención del público, y que
sin tal explicación no son comprensibles y desafían toda hipótesis científica.
La comprensión de este principio hermético de mentalismo habilita al individuo
a realizar y conocer la ley que rige el universo mental, aplicándola a su
bienestar y desarrollo. El estudiante de la Filosofía Hermética puede emplear
conscientemente las grandes leyes mentales, en vez de usarlas por casualidad o
ser usado por ellas. Con la clave maestra en su poder, el discípulo puede abrir
las puertas del templo del conocimiento mental y psíquico y entrar en el mismo,
libre e inteligentemente. Este principio explica la verdadera naturaleza de la
energía, de la fuerza y de la materia, y el cómo y el porqué todas estas están
subordinadas al dominio de la mente. Uno de los antiguos Maestros escribió
largo tiempo ha: «El que comprenda la verdad de que el universo es mental, está
muy avanzado en el sendero de la maestría». Y estas palabras son tan verdad hoy
en día como lo eran cuando fueron escritas. Sin esta clave maestra la maestría
es imposible, y el estudiante que no la posea, en vano llamará a la puerta del
Templo.
2. El principio de correspondencia
«Como es arriba, es abajo; como es abajo, es
arriba.»
El Kybalion.
Este principio encierra la verdad de que hay
siempre una cierta correspondencia entre las leyes y los fenómenos de los
varios estados del ser y de la vida, y el antiquísimo axioma hermético se refiere
precisamente a esto, y afirma: «Como es arriba, es abajo; como es abajo, es
arriba», y la comprensión de este principio da una clave para resolver muchos
de los más obscuros problemas y paradojas de los misteriosos secretos de la
Naturaleza. Hay muchos planos que no conocemos, pero cuando aplicamos esa ley
de correspondencia a ellos, mucho de lo que de otra manera nos sería incomprensible
se hace claro a nuestra conciencia. Este principio es de aplicación universal
en los diversos planos, mental, material o espiritual del Kosmos: es una ley
universal. Los antiguos hermetistas consideraban este principio como uno de los
más importantes auxiliares de la mente, por cuyo intermedio se puede descorrer
el velo que oculta lo desconocido a nuestra vida. Su aplicación puede desgarrar
un tanto el Velo de Isis, de tal manera que nos permita ver, aunque más no sea,
algunos de los rasgos de la diosa. De igual manera que el comprender los
principios de la geometría habilita al hombre para medir el diámetro, órbita y
movimiento de las más lejanas estrellas, mientras permanece sentado en su
observatorio, así también el conocimiento del principio de correspondencia
habilita al hombre a razonar inteligentemente de lo conocido o lo desconocido;
estudiando la mónada se llega a comprender al arcángel.
3. El principio de vibración
«Nada está inmóvil; todo se mueve; todo vibra.»
El Kybalion.
Este principio encierra la verdad de que todo
está en movimiento, de que nada permanece inmóvil, cosas ambas que confirma por
su parte la ciencia moderna, y cada nuevo descubrimiento lo verifica y
comprueba. Y, a pesar de todo, este principio hermético fue enunciado cientos
de años ha por los Maestros del antiguo Egipto. Este principio explica las
diferencias entre las diversas manifestaciones de la materia, de la fuerza, de
la mente y aun del mismo espíritu, las que no son sino el resultado de los
varios estados vibratorios. Desde el TODO, que es puro espíritu, hasta la más
grosera forma de materia, todo está en vibración: cuanto más alta es esta,
tanto más elevada es su posición en la escala. La vibración del espíritu es de
una intensidad infinita; tanto, que prácticamente puede considerarse como si
estuviera en reposo, de igual manera que una rueda que gira rapidísimamente
parece que está sin movimiento. Y en el otro extremo de la escala hay formas de
materia densísima, cuya vibración es tan débil que parece también estar en
reposo. Entre ambos polos hay millones de millones de grados de intensidad
vibratoria. Desde el corpúsculo y el electrón, desde el átomo y la molécula hasta
el astro y los Universos, todo está en vibración. Y esto es igualmente cierto
en lo que respecta a los estados o planos de la energía o fuerza (la que no es
más que un determinado estado vibratorio), y a los planos mentales y
espirituales. Una perfecta comprensión de este principio habilita al estudiante
hermético a controlar sus propias vibraciones mentales, así como las de los
demás. Los Maestros también emplean este principio para conquistar los
fenómenos naturales. «El que comprenda el principio vibratorio ha alcanzado el
cetro del poder», ha dicho uno de los más antiguos escritores.
4. El principio de polaridad
«Todo es doble, todo tiene dos polos; todo, su
par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos
son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan;
todas las verdades son medias verdades, todas las paradojas pueden
reconciliarse.»
El Kybalion.
Este principio encierra la verdad de que todo
es dual; todo tiene dos polos; todo su par de opuestos, afirmaciones que son de
otros tantos axiomas herméticos. Explica y dilucida las antiguas paradojas que
han dejado perplejos a tantísimos investigadores, y que literalmente decían:
«La tesis y la antítesis son idénticas en naturaleza, difiriendo sólo en
grado»; «los opuestos son idénticos en realidad, diferenciándose en su
gradación»; «los pares de opuestos pueden conciliarse, los extremos se tocan»;
«todo es y no es al mismo tiempo», «toda verdad no es sino media verdad»; «toda
verdad es medio falsa», etc. Este principio explica que en cada cosa hay dos
polos, dos aspectos, y que los «opuestos» no son, en realidad, sino los dos
extremos de la misma cosa, consistiendo la diferencia, simplemente, en diversos
grados entre ambos. El calor y el frío, aunque opuestos, son realmente la misma
cosa, consistiendo la diferencia, simplemente, en diversos grados de aquella.
Mirad un termómetro y tratad de averiguar donde empieza el calor y donde
termina el frío. No hay nada que sea calor absoluto en realidad, indicando
simplemente ambos términos, frío y calor, diversos grados de la misma cosa, y
que ésta se manifiesta en esos opuestos no es más que los polos de eso que se
llama Calor, o sea la manifestación del principio de polaridad que nos ocupa.
El mismo principio se manifiesta en la «luz» y la «oscuridad», las que, en
resumen, no son sino la misma cosa, siendo ocasionada la diferencia por la
diversidad de grado entre los dos polos del fenómeno. ¿Dónde termina la
oscuridad y dónde empieza la luz? ¿Cuál es la diferencia entre grande y
pequeño? ¿Cuál entre duro y blando? ¿Cuál entre blanco y negro? ¿Cuál entre
alto y bajo? ¿Cuál entre positivo y negativo? El principio de polaridad explica
esta paradoja. El mismo principio opera de idéntica manera en el plano mental.
Tomemos, por ejemplo, el amor y el odio, dos estados mentales completamente
distintos aparentemente, y notaremos que hay muchos grados entre ambos; tantos,
que las palabras que nosotros usamos para designarlos, «agradable» y
«desagradable», se esfuman una en la otra, hasta tal punto que muchas veces
somos incapaces de afirmar si una cosa nos causa placer o disgusto. Todas no
son más que gradaciones de una misma cosa, como lo comprenderéis claramente por
poco que meditéis sobre ello. Y aun más que esto, es posible cambiar o
transmutar las vibraciones de odio por vibraciones de amor, en la propia mente
y en la mente de los demás, lo que es considerado como lo más importante por
los hermetistas. Muchos de los que leéis estas páginas habréis tenido experiencias
en vosotros mismos y en los demás de la rápida e involuntaria transición del
amor en odio y recíprocamente. Y ahora comprenderéis la posibilidad de efectuar
esto por medio del poder de la voluntad, de acuerdo con las fórmulas
herméticas. El «Bien» y el «Mal» no son sino los polos de una misma y sola
cosa, y el hermetista comprende y conoce perfectamente el arte de transmutar el
mal en el bien aplicando inteligentemente el principio de polaridad. En una
palabra, el «arte de polarizar» se convierte en una fase de la alquimia mental,
conocida y practicada por los antiguos y modernos Maestros herméticos. La
perfecta comprensión de este principio capacita para cambiar la propia
polaridad, así como la de los demás, si uno se toma el tiempo y estudia lo
necesario para dominar este arte.
5. El principio de ritmo
«Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de
avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo;
la medida de su movimiento hacia la derecha, es la misma que la de su movimiento
hacia la izquierda; el ritmo es la compensación.»
El Kybalion.
Este principio encierra la verdad de que todo
se manifiesta en un determinado movimiento de ida y vuelta; un flujo y reflujo,
una oscilación de péndulo entre los dos polos que existen de acuerdo con el
principio de polaridad, descrito un momento ha. Hay siempre una acción y una
reacción, un avance y un retroceso, una ascensión y un descenso. Y esta ley
rige para todo; soles, mundos, animales, mente, energía, materia. Esta ley lo
mismo se manifiesta en la creación como en la destrucción de los mundos, en el
progreso como en la decadencia de las naciones, en la vida, en las cosas todas,
y, finalmente, en los estados mentales del hombre, y es con frecuencia a esto
último que creen los hermetistas que este principio es el más importante. Los
hermetistas han descubierto este principio, encontrándolo de aplicación
universal, y han asimismo descubierto ciertos métodos para escapar a sus efectos,
mediante el empleo de las fórmulas y métodos apropiados. Emplean para ello la
ley mental de neutralización. No pueden anular el principio o impedir que
opere, pero han aprendido a eludir sus efectos hasta un cierto grado, grado que
depende del dominio que se tenga de dicho principio. Saben como usarlo, en vez
de ser usados por él. En este y en otros parecidos métodos consiste la ciencia
hermética. El Maestro se polariza a sí mismo en el punto donde desea quedarse,
y entonces neutraliza la oscilación rítmica pendular que tendería a arrastrarlo
hacia el otro polo. Todos los que han adquirido cierto grado de dominio sobre
sí mismos ejecutan esto hasta cierto punto, consciente o inconscientemente,
pero el Maestro lo efectúa conscientemente, y por el solo poder de su voluntad
alcanza un grado tal de estabilidad y firmeza mental casi imposible de concebir
por esa inmensa muchedumbre que va y viene en un continuado movimiento
ondulatorio, impulsada por ese principio de ritmo. Este, así como el de la
polaridad, ha sido cuidadosamente estudiado por los hermetistas, y los métodos
de contrabalancearlos, neutralizarlos y emplearlos, forman una de las partes
más importantes de la alquimia mental hermética.
6. El principio de causa y efecto
«Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su
causa; todo sucede de acuerdo a la ley; la suerte no es más que el nombre que
se le da a la ley no reconocida; hay muchos planos de casualidad, pero nada escapa
a la Ley.»
El Kybalion.
Este principio encierra la verdad de que todo
efecto tiene su causa, y toda causa su efecto. Afirma que nada ocurre
casualmente y que todo ocurre conforme a la Ley.
La suerte es una palabra vana, y si bien
existen muchos planos de causas y efectos, dominando los superiores a los
inferiores, aun así ninguno escapa totalmente a la Ley. Los hermetistas conocen
los medios y los métodos por los cuales se pude ascender más allá del plano
ordinario de causas y efectos, hasta cierto grado, y alcanzando mentalmente el
plano superior se convierten en causas en vez de efectos. Las muchedumbres se
dejan llevar, arrastradas por el medio ambiente que las envuelve o por los
deseos y voluntades de los demás, si éstos son superiores a las de ellas. La
herencia, las sugestiones y otras múltiples causas externas las empujan como
autómatas en el gran escenario de la vida. Pero los Maestros, habiendo
alcanzado el plano superior, dominan sus modalidades, sus caracteres, sus
cualidades y poderes, así como el medio ambiente que los rodea, convirtiéndose
de esta manera en dirigentes, en vez de ser los dirigidos.
Ayudan a las masas y a los individuos a
divertirse en el juego de la vida, en vez de ser ellos los jugadores o los
autómatas movidos por ajenas voluntades. Utilizan el principio, en vez de ser
sus instrumentos. Los Maestros obedecen a la causalidad de los planos
superiores en que se encuentran, pero prestan su colaboración para regular y
regir en su propio plano. En lo dicho está condensado un valiosísimo
conocimiento hermético: que el que sea capaz de leer entre líneas lo descubra,
es nuestro deseo.
7. El principio de generación
«La generación existe por doquier; todo tiene su
principio masculino y femenino; la generación se manifiesta en todos los
planos.»
El Kybalion.
Este principio encierra la verdad de que la
generación se manifiesta en todo, estando siempre en acción los principios
masculino y femenino. Esto es verdad, no solamente en el plano físico, sino
también en el mental y en el espiritual. En el mundo físico este principio se
manifiesta como «sexo», y en los planos superiores toma formas más elevadas,
pero el principio subsiste siempre el mismo. Ninguna creación física, mental o
espiritual, es posible sin este principio. La comprensión del mismo ilumina
muchos de los problemas que tanto han confundido la mente de los hombres. Este
principio creador obra siempre en el sentido de «generar», «regenerar» y
«crear». Cada ser contiene en sí mismo los dos elementos de este principio. Si
deseáis conocer la filosofía de la creación, generación y regeneración mental y
espiritual, debéis estudiar este principio hermético, pues él contiene la
solución de muchos de los misterios de la vida. Os advertimos que este
principio nada tiene que ver con las perniciosas y degradantes teorías,
enseñanzas y prácticas, que se anuncian con llamativos títulos, las que no son
más que una prostitución del gran principio natural de generación. Tales teorías
y prácticas no son más que la resurrección de las antiguas doctrinas fálicas,
que sólo pueden producir la ruina de la mente, del alma y del cuerpo, y la
Filosofía Hermética siempre ha alcanzado su verbo de protesta contra esas
licencias y perversiones de los principios naturales. Si lo que deseáis son
tales enseñanzas, debéis irlas a buscar a otra parte: el hermetismo nada
contiene sobre ellas. Para el puro todas las cosas son puras; para el ruin
todas son ruines.
Capítulo III
Transmutación mental
«La mente así como todos los metales y demás
elementos, pueden ser transmutados, de estado en estado, de grado en grado, de
condición en condición, de polo a polo, de vibración en vibración. La verdadera
transmutación hermética es una práctica, un método, un arte mental.»
El Kybalion.
Como indicamos anteriormente, los hermetistas
fueron los verdaderos creadores de la alquimia, de la astrología y la
sicología, habiendo sido Hermes el fundador de esas escuelas de pensamiento. De
la astrología ha derivado la astronomía moderna; de la alquimia ha surgido la
química y de la sicología mística la sicología moderna. Mas no debe suponerse
que los antiguos fueron unos ignorantes respecto a lo que las escuelas modernas
creen de su exclusiva propiedad. Las inscripciones grabadas en las piedras y
monumentos de Egipto prueban concluyentemente que los antiguos poseían el más
perfecto conocimiento acerca de la astronomía, mostrando la construcción de las
mismas pirámides una relación estrechísima entre sus designios y su
conocimiento de la ciencia astronómica. Tampoco debe suponerse que ignoran la
química, pues los fragmentos de antiguas escrituras descubiertas muestran que
estaban muy familiarizados con las propiedades químicas de los cuerpos. En una
palabra, sus teorías respecto a la física han sido posteriormente verificadas y
confirmadas por los últimos descubrimientos de la ciencia moderna, sobre todo
en lo que se refiere a la constitución de la materia. Lejos de ignorar los
llamados modernos descubrimientos psicológicos, los egipcios estaban muy al
corriente de todo ello, especialmente en ciertas ramas que ignoran
completamente las escuelas modernas, y sobre todo en «ciencia psíquica», la que
tanto está confundiendo a los psicólogos de hoy en día, y haciéndoles confesar
al fin que, «después de todo, bien puede haber algo de cierto en ello».
Lo cierto es que, además de la química,
astronomía y sicología (esto es, la sicología en su aspecto de función
cerebral), los antiguos poseían un conocimiento trascendental de la astronomía
que se llamó alquimia y de la sicología trascendental titulada sicología
mística. Y no solamente poseían este conocimiento interno, sino también el
externo, siendo este último el único que conocen los hombres de ciencia
modernos. Entre los muchos aspectos y tópicos de conocimientos secretos de los
hermetistas se encuentra lo que se conoce como «transmutación mental», de la
que vamos a tratar en este capítulo.
«Transmutación» es el término generalmente
empleado para designar el antiguo arte de transmutar los metales, especialmente
los de poco valor, en oro. La palabra «transmutar» significa «cambiar de
naturaleza, de sustancia y de forma, convirtiéndose en otra; transformarse en
otra cosa» (Webster). Y de acuerdo con esa definición, «transmutación menta»
significa el arte de transformar o cambiar los estados, cualidades, formas,
condiciones mentales etc., en otros. Así que podéis ver que la transmutación
mental no es otra cosa que una especie de química mental; y si preferís el
término, una forma especial práctica de sicología mística.
Mas esto tiene un significado muchísimo mayor
de lo que parece a simple vista. La transmutación alquímica en el plano mental
es tan importante en sus efectos que de ser conocida sería uno de los estudios
más importantes para el hombre. Y esto no es más que el principio. Veamos por
qué.
El primero de los siete principios herméticos
es el de mentalismo, que afirma que «el TODO es mente, que el universo es
mental», lo que significa que la única realidad que se oculta tras todo cuanto
existe es mente; y el universo en sí mismo es una creación mental, esto es,
existe en la mente del TODO. Consideraremos este principio en las sucesivas
lecciones, pues ahora vamos a estudiar sus efectos, suponiendo que dicho
principio fuera cierto.
Si el universo es de naturaleza mental,
entonces la transmutación mental debe ser el arte de cambiar o transformar las
condiciones del universo, trátese de la materia, de la energía o de la mente.
Así que esa transmutación, no es otra cosa que la magia, de la que tanto han
hablado los escritores antiguos en sus obras místicas, pero acerca de la cual
daban tan pocas instrucciones prácticas. Si todo es mental, entonces la
posesión del medio que permita transmutar las condiciones mentales debe hacer
del Maestro el dirigente y controlador de las condiciones materiales, así como
de las operaciones llamadas mentales.
Es muy cierto que nadie, excepto los
alquimistas mentales más avanzados, han alcanzado el grado de poder necesario
para dominar las condiciones físicas más densas, tales como los elementos de la
naturaleza, la producción y cesación de las tempestades, la producción y
cesación de terremotos u otros fenómenos físicos de cualquier clase, pero que
tales hombres existieron y que existen es una cosa que no duda ningún
ocultista, sea de la escuela que sea. Los mejores instructores aseguran a sus
estudiantes que los Maestros existen, habiendo aquellos tenido algunas
experiencias personales que justificaban su creencia. Estos Maestros no hacen
exhibición pública de sus poderes, sino que, por el contrario, permanecen
solitarios para poder así actuar y trabajar mejor en el sendero de la realización.
Mencionamos aquí su existencia, meramente para llamar vuestra atención acerca
de que sus poderes son enteramente mentales y que operan en el sentido de la
más elevada transmutación mental, según el principio del mentalismo de El
Kybalion, que dice: «El universo es una creación mental».
Mas los estudiantes y hermetistas de los
grados inferiores al de Maestro —los iniciados e instructores— pueden también
actuar y obrar libremente en el plano mental.
Todo cuanto llamamos «fenómenos psíquicos»,
«influencia mental», «mentalismo» etc., son transmutación mental, pues existe
un principio único, y nada importa el nombre que se dé a los fenómenos que se
produzcan.
El que practica la transmutación mental
trabaja en ese plano, transformando condiciones y estados mentales en otros, de
acuerdo con fórmulas más o menos eficaces. Los varios «tratamientos»,
«afirmaciones», «autosugestiones», etc., de las escuelas mentalistas no son más
que esas mismas fórmulas (muy a menudo imperfectas y empíricas), del arte
hermético. La mayoría de los que las practican son unos ignorantes comparados
con los antiguos Maestros, porque no poseen el conocimiento fundamental sobre
la cual está basada esa operación.
No solamente los estados mentales de uno mismo
pueden ser transmutados según los métodos herméticos, sino que también puede
hacerse esto con la mentalidad de los demás y, efectivamente, todos sufrimos
transformaciones mentales de cualquier índole, inconscientemente, por lo
general, pero a veces conscientemente, cuando comprendemos algo acerca de las
leyes y principios que los rigen, y sobre todo cuando los demás ignoran los
medios de protegerse a si mismos. Muchos estudiantes de mentalismo saben que
las condiciones materiales dependen de las mentes de los demás, y pueden ser
transmutadas y cambiadas de acuerdo con los deseos de la persona que quiere
modificar sus condiciones de vida. Se ha hecho esto tan público hoy en día, que
no creemos necesario mencionarlo en detalle, siendo nuestro propósito
únicamente el de mostrar la acción de este principio hermético que se oculta
tras todas esas varias formas de operar, buenas o malas, porque la fuerza puede
ser empleada en ambas direcciones, de acuerdo con el principio hermético de
polaridad.
En esta obrita indicaremos los principios
básicos en los que se funda la transmutación mental, de tal manera que todos
los que la estudien puedan comprender las leyes a que obedecen, y poseyendo así
la clave maestra, sean capaces de abrir las muchas puertas del principio de
polaridad.
Ahora procederemos a considerar el primero de
los siete principios herméticos, el del mentalismo, el que se explica y
desarrolla el axioma de que el TODO es mental, de que el universo es una
creación mental, según las palabras de El Kybalion.
Este principio debe estudiarse cuidadosamente,
porque él es, en realidad, la base de toda la Filosofía Hermética y del arte
hermético de transmutación mental.
Capítulo IV
El Todo
«Más allá del Kosmos, del Tiempo, del Espacio, de
todo cuanto se mueve y cambia, se encuentra la realidad Substancial, la Verdad
Fundamental.»
El Kybalion.
«Sustancia» significa lo que yace oculto bajo
toda manifestación externa, la realidad esencial, la cosa en sí misma.
«Substancial» significa actualmente existente, el elemento esencial, el ser
real. «Realidad» significa el estado del ser verdadero, real, eterno, permanente,
fijo.
Más allá de toda apariencia externa o
manifestación debe haber siempre una realidad substancial. Esta es la ley. El
hombre al considerar y examinar el universo, del cual es una unidad, no ve otra
cosa que un cambio continuo en la materia, en las fuerzas en los estados
mentales. Ve que nada es realmente, que todo se transforma y cambia. Nada
permanece: todo nace, crece, muere; tan pronto como una cosa ha adquirido su
máximo desarrollo empieza a declinar; la ley del ritmo está en constante
operación; no hay realidades, nada firme, nada duradero, fijo o substancial,
nada permanente, todo es cambio. Todas las cosas surgen y evolucionan de otras
cosas. Hay una acción continua que es seguida siempre de su reacción
correspondiente; todo fluye y refluye, todo se construye y derrumba, todo es
creación y destrucción, vida y muerte. Y si el hombre que tal examen hace y
tales cosas ve fuera un pensador, comprendería que todas esas cosas en perpetuo
cambio no pueden ser sino simples apariencias externas o manifestaciones de
algún poder que se oculta tras ellas, de alguna realidad substancial encerrada
en las mismas.
Todos los pensadores, de cualquier país o
época, se han visto obligados a afirmar la existencia de esta realidad
substancial. Todas las filosofías, cualquiera que haya sido su nombre, se han
basado en esta idea. Los hombres han dado a esta realidad substancial muchos
nombres: algunos la han denominado «Dios», otros «Divinidad Infinita» y «Eterna
Energía», «Materia», etc., pero todos han reconocido su existencia. Es evidente
por sí misma. No necesita argumentos.
En estas lecciones hemos seguido el ejemplo de
algunos de los más grandes pensadores del mundo, antiguos y modernos —los
Maestros herméticos— y hemos denominado a ese poder que se oculta tras todas
las manifestaciones, a esa realidad substancial, por su nombre hermético del
TODO, cuyo término nos parece es el más amplio de los que puede emplear el
hombre.
Aceptamos y enseñamos las teorías de los
grandes pensadores herméticos, como también las de esas almas iluminadas que
han ascendido a planos superiores de existencia. Unos y otros afirman que la
naturaleza íntima del TODO es incognoscible. Y esto debe ser así efectivamente,
pues nadie, excepto el TODO mismo, puede comprender su propia naturaleza y su
propio ser. Los hermetistas creen y enseñan que el TODO en sí mismo es y debe
ser incognoscible. Consideran las teorías y especulaciones de los teólogos y
metafísicos respecto a la naturaleza íntima del TODO como esfuerzos infantiles
de mentes mortales para sorprender el secreto del Infinito. Todos esos
esfuerzos han fracasado siempre, y seguirán fracasando, debido a la naturaleza
misma de la tarea. El que especula sobre ello se encuentra perdido en un
laberinto de pensamientos sin salida, y si persiste en su intento acaba por
perder toda capacidad para razonar sanamente, hasta llegar a serle imposible la
vida. Se encontraría en una situación parecida a la de la ardilla, que en la
jaula se pone a girar en su rueda, sin moverse del mismo sitio, continuando tan
prisionera como antes de haber comenzado.
Y aun muchos más presuntuosos son esos que
tratan de atribuir al TODO la personalidad, cualidades, propiedades,
características y atributos de ellos mismos, como si el TODO tuviera las emociones,
sentimientos y características de los humanos. Y llega hasta atribuirle malas
cualidades, como los celos, la susceptibilidad a la alabanza y a la oración, el
deseo de que se le ofrende y se le adore y todas esas otras cosas que nos han
legado como herencia de los primeros días de la infancia de la humanidad. Tales
ideas no le sirven para nada al hombre desarrollado y acaba por dejarlas a un
lado.
Creemos debe indicar que hacemos una
distinción entre la filosofía y la metafísica. Religión significa para nosotros
la realización intuitiva de la existencia del TODO y de la relación entre uno
mismo y ÉL, mientras que la teología significa para nosotros el esfuerzo o los
esfuerzos que hace el hombre para atribuirle las propias cualidades,
personalidad, características, etc., así como sus teorías proyectos, deseos y
designios, asumiendo el papel del intermediario entre el TODO y el pueblo. La
filosofía significa para nosotros la especulación que tiende a comprender las
cosas cognoscibles y pensables (permítasenos la palabra), en tanto que la
metafísica indica la tentativa de inquirir entre las nebulosidades de las
regiones de lo incognoscible y de lo impensable, la que, al fin y al cabo,
tiene la misma tendencia que la teología. Consecuentemente, la religión y la
filosofía significan para nosotros cosas que tienen realidad por sí mismas, en
tanto que la teología y la metafísica son algo así como senderos tortuosos y
laberínticos, por los que circula la ignorancia, y forman la base más insegura
e inestable sobre la que puede apoyarse la mente o el alma del hombre. No
insistiremos para que aceptéis estas definiciones; las mencionamos con el único
objeto de deslindar nuestra posición. De todas maneras, muy poco hablaremos en
estas lecciones de teología y metafísica.
Si bien es cierto que la naturaleza esencial
del TODO es incognoscible, hay, sin embargo, ciertas verdades relacionadas con
su existencia, que la mente humana se ve obligada a aceptar. El examen de éstas
constituye un asunto apropiado para la investigación, particularmente por lo
que se refiere a lo que el iluminado nos transmite de sus impresiones en los
más elevados planos de existencia. Y a esta investigación os invitamos ahora.
«Lo que constituye la Verdad fundamental, la
Realidad substancial, está más allá de toda denominación, pero el sabio lo
llama el TODO.»
El Kybalion.
«En su esencia, el TODO es incognoscible.»
El Kybalion.
«Mas el dictamen de la razón debe ser recibido
hospitalariamente, y tratado con respeto.»
El Kybalion.
La razón humana, cuyo dictamen debemos aceptar
tanto como lo juzguemos conveniente, nos dice respeto al TODO, sin pretender
desgarrar el velo de lo incognoscible:
1. EL TODO
debe ser todo lo que realmente es. Nada puede existir fuera del TODO, o, de lo
contrario, el TODO no sería tal.
2. EL TODO debe ser infinito, porque nada
puede existir que defina, limite o ponga restricciones al TODO. Debe ser
infinito en tiempo, o Eterno, debe haber existido siempre, continuamente, pues
nada puede haberlo creado jamás, y algo no puede nunca surgir de nada, y si
alguna vez no hubiera sido, aunque sólo fuera un instante, no podría ser. Debe
existir por siempre, porque nada hay que pueda destruirlo, y jamás puede dejar
de ser ni aun por un solo momento, porque algo nunca puede convertirse en nada.
Debe ser infinito en el Espacio, debe encontrarse en todas partes, porque nada
existe, ni hay sitio alguno que esté más allá del TODO. No puede ser de otra
manera, sino continuo y omnipresente en el espacio, sin cesación, separación o
interrupción, porque no hay nada en ÉL que pueda interrumpirse, separarse o
cesar en su absoluta continuidad, y nada existe tampoco que pueda «llenar las
grietas». Debe ser infinito en Poder, o Absoluto, porque nada hay que pueda
limitarlo, restringirlo, confinarlo u obstaculizarlo. No está sujeto a ningún
poder, porque no hay otro que el Suyo.
3. EL TODO
debe ser inmutable, esto es, no sujeto a cambio en su naturaleza real, porque
nada existe que pueda obligarlo a cambiar, ni nada de lo que pueda haberse transformado.
No puede ser aumentado ni disminuido, ni ser mayor o menor, bajo ningún
aspecto. Debe haber «sido» siempre, y debe seguir «siendo» siempre también,
idéntico a lo que es ahora: el TODO. Nunca ha habido, ni hay, ni habrá algo en
lo que pueda transformarse o cambiar.
Siendo el TODO Infinito, Absoluto, Eterno,
Inmutable, debe deducirse que todo lo que es finito, mudable, transformable y
condicionado, no puede ser el TODO. Y como nada existe fuera de Él en realidad,
todo lo que sea finito debe ser nada realmente. No os vayáis a sorprender o
asustar, porque no tratamos de embarcaros en Ciencia Cristiana, cubriendo estas
enseñanzas bajo el título de Filosofía Hermética. Hay una reconciliación entre
estos aparentemente contradictorios asuntos. Tened paciencia, que a todo
llegaremos a su debido tiempo.
Vemos en torno a nosotros eso que se llama
«materia», la que constituye las bases físicas de todas las formas. ¿Es el TODO
materia simplemente? Absolutamente no. La materia no puede manifestar Vida o
Mentalidad, y como la mente está manifestada en el universo, el TODO no puede
ser materia, pues nada asciende más allá de su propia fuente, nada puede
manifestarse en un efecto si no lo está también en la causa, nada puede
evolucionar o emerger como consecuente si no está involucrado o involucionado
como antecedente. Y además la ciencia moderna nos dice que la materia no existe
realmente, sino que es «energía o fuerza interrumpida», esto es, energía o
fuerza en un grado menor de intensidad vibratoria. Como ha dicho recientemente
un escritor, «la materia se sumerge en el Misterio». Aun la ciencia
materialista ha abandonado la teoría de la materia y ahora descansa sobre la
base de la «energía».
¿Es pues, el TODO mera fuerza o energía? No.
La fuerza, tal como la entiendan los materialistas, es una cosa ciega,
mecánica, carente de vida o mentalidad. La vida y la mente no pueden nacer de
ciega energía, por las razones dadas un momento ha: «Nada puede subir más alto
que su propia fuente, nada evoluciona si no ha involucionado, nada se
manifiesta en un efecto si no está en la causa». Así que el TODO no puede ser
mera fuerza o energía, porque si lo fuera no existiría eso que se llama mente y
vida, y ambas sabemos que existen, porque nosotros estamos vivos y estamos empleando
nuestra mente en considerar esta cuestión; y en iguales condiciones se
encuentran los que afirman que la energía es todo.
¿Que es lo que hay superior a la materia y a
la energía, y que sepamos que existe en el Universo? ¡Vida y mente en todos sus
diversos grados de desenvolvimiento! Entonces preguntaréis: ¿Queréis significar
que el TODO es vida y mente? Si y no, es nuestra respuesta. Si entendéis por
vida y mente lo que nosotros, pobres mortales, conocemos de ellas: ¡No, el TODO
no es eso! Mas ¿qué clase de vida y mentalidad significáis?, preguntaréis.
La contestación es mente viviente, tan amplia
como nosotros podamos concebirla, puesto que la vida y la mente son muy
superiores a la fuerza puramente mecánica o a la materia. Mente infinita y
viviente, si se compara con la vida y la mentalidad finitas. Queremos indicar
eso que quieren significar las almas iluminadas, cuando reverentemente
pronuncian la palabra: ¡ESPÍRITU!.
El TODO es mente viviente e infinita, los
iluminados lo llaman Espíritu.
Capítulo V
El universo mental
«El universo es una creación mental sostenida en
la mente del TODO.»
El Kybalion.
El TODO es espíritu. Mas ¿qué es el espíritu?
Esa pregunta no puede ser contestada, puesto que definirla sería prácticamente
definir al TODO, el cual no puede explicarse. El espíritu es simplemente el
nombre que los hombres dan a la más elevada concepción de la infinita Mente
Viviente, significa la esencia real, tan superior a todo cuanto entendemos por
mente y vida, como estas últimas a la energía y la materia. El espíritu está
más allá de nuestra comprensión, y usamos dicho término en el mismo sentido y
queriendo significar lo mismo que cuando hablamos del TODO. Para nuestro entendimiento
podemos pensar del espíritu como de una Infinita Mente Viviente, teniendo en
cuenta, al mismo tiempo, que no podemos comprenderlo del todo. O hacemos esto,
o nos vemos obligados a dejar de pensar.
Procederemos ahora a estudiar la Naturaleza
del Universo, como un todo, y también en sus partes. ¿Qué es el Universo? Hemos
visto ya que nada puede existir fuera del TODO; entonces ¿El Universo es el
TODO? No, no puede serlo, porque el Universo parece estar hecho de muchas, de
múltiples unidades, y está en continuo cambio; Y de todas maneras, no está de
acuerdo con las ideas que nos hemos visto obligados a aceptar respecto al TODO,
según ya indicamos en nuestra lección anterior. Entonces, si el Universo no es
el TODO debe ser nada; tal es la inevitable consecuencia que se presenta en la
mente aparentemente. Pero esto no satisface la pregunta, porque nosotros somos
sensibles y sentimos la existencia del Universo. Y si el universo es algo y no
es el TODO, ¿Qué puede ser? Examinemos la cuestión.
Si el Universo existe absolutamente, o por lo
menos parece que existe, debe proceder en alguna forma del TODO, ser su
creación. Pero como algo no puede venir de nada, ¿de qué pudo crearlo el TODO?
Algunos filósofos han contestado a esta pregunta diciendo que el TODO creó el Universo
del sí mismo, esto es, sacándolo de su propia sustancia. Mas esta respuesta no
sirve, puesto que el TODO no puede ser aumentado, ni disminuido, ni dividido,
según hemos ya visto, y aunque así fuera no podría cada partícula del Universo
estar segura de ser el TODO, puesto que éste no puede perder el conocimiento de
sí mismo, ni convertirse en un átomo o fuerza ciega o un ser viviente inferior.
Algunos, habiendo realizado que el TODO es todo, y reconociendo que ellos
existían, han llegado a la extraordinaria conclusión de que ellos y el TODO
eran idénticos, y han llenado el aire con sus gritos de «yo soy Dios»,
sirviendo de solaz a las multitudes y de motivo de pena para los sabios.
Si el átomo gritara «yo soy hombre», todavía
sería modesto en comparación.
Pero ¿qué es, en realidad, el Universo, si no
es el TODO ni ha sido creado por Él separándolo de su propia sustancia? ¿Que
otra cosa debe ser? O, mejor preguntado. ¿De qué otra cosa puede haberlo hecho?
Esta es la gran cuestión. Nos encontramos con que el principio de
correspondencia (véase el capítulo I) viene en nuestra ayuda. El antiguo axioma
hermético «como es arriba es abajo» puede ser empleado ahora para iluminar este
punto. Tratemos, pues, de comprender algo de lo que pasa en los planos superiores,
examinando lo que pasa en el nuestro propio. El principio de correspondencia
puede aplicarse a esto lo mismo que a cualquier otro problema. Veamos. En su
propio plano de existencia, ¿cómo crea el hombre? Primero, puede crear haciendo
o construyendo algo con los materiales que el mundo externo le brinda. Mas esto
no nos sirve, porque fuera del TODO no existen materiales de ninguna clase con
los que Él pueda crear. En segundo lugar, el hombre puede crear por medio de la
fecundación, que no es más que su multiplicación, acompañada por la
transferencia de una parte de su propia sustancia a la matriz de la madre. Mas
esto tampoco nos sirve, porque el TODO no puede transferir o substraerse a sí
mismo una porción, ni puede reproducirse o multiplicarse a sí mismo. En el
primer caso habrá una substracción de su sustancia o adición al TODO, lo que es
un absurdo.
¿No existe otro medio por el cual crea el
hombre? Sí, hay otro: la creación mental. Al crear en esta forma, él no emplea
materiales que le aporte el mundo externo, ni se reproduce a sí mismo, y, sin
embargo, su espíritu compenetra su creación mental.
Siguiendo el principio de correspondencia, se
puede pensar justificadamente que el TODO crea el Universo mentalmente, de una
manera parecida al proceso mediante el cual el hombre crea sus imágenes
mentales. Y he aquí que en esta descripción coinciden tanto el dictamen dado
por la razón como el de las almas iluminadas, según se puede encontrar en sus
escritos o en sus enseñanzas. Tales son las doctrinas de los sabios. Tales las
que enseñó Hermes.
El TODO no puede crear de ninguna manera,
excepto mentalmente, sin emplear ni materiales (pues no hay ninguno), ni
reproduciéndose (lo que también es imposible). No hay escapatoria para esta
conclusión de la razón, la que, como hemos ya visto, concuerda perfectamente
con lo que dicen los iluminados. De igual manera que podéis vosotros crear un
universo en vuestra propia mente, así el TODO crea los Kosmos en la suya
propia.
Mas vuestro universo sería la creación de una
mente finita, en tanto que la del TODO sería la creación de un infinito. Las
dos son iguales en clase, pero difieren infinitamente en grado. Examinaremos
más estrictamente el proceso de la creación y manifestación conforme vayamos
avanzando en nuestro estudio. Mas este es el punto que debéis fijar por ahora
en vuestras mentes: El Universo y todo lo que él contiene es una creación
mental del TODO; todo es mente.
«El TODO crea en su mente infinita, innumerables
universos, los que existen durante eones de tiempo, y así y todo, para Él, la
creación, desarrollo, decadencia y muerte de un millón de universos no significa
más que el tiempo que se emplea en un abrir y cerrar de ojos.»
El Kybalion.
«La mente infinita del TODO es la matriz del
Kosmos.»
El Kybalion.
El principio de género o generación (véase el
capítulo I y otros que seguirán) se manifiesta en todos los planos de la vida:
material, mental y espiritual. Pero, según ya hemos indicado anteriormente, el
«género» no significa «sexo», pues este último no es más que la manifestación
material del género. «Género» significa «lo relativo» a la generación o
creación. Y dondequiera que algo se genera o se crea, sea en el plano que sea,
es principio de género se está allí manifestando. Y esto es verdad, aun en lo que
se refiere a la creación de los universos.
Ahora no vayáis a suponer que estamos
enseñando que hay un dios creador macho y otro hembra. Esto no sería más que
una mistificación de las antiguas enseñanzas al respecto. La verdad es que el
TODO, en sí mismo, está más allá del género, así como también está más allá de
toda otra ley, incluyendo las del tiempo y del espacio. Él es la ley de la cual
todas las leyes proceden, y, por lo tanto no puede estar sujeto a estas
últimas. Mas cuando el TODO se manifiesta en el plano de la generación o
creación, entonces actúa de acuerdo con la ley y con el Principio, pues se está
moviendo en un plano inferior de existencia. Y consecuentemente, Él manifiesta
el principio de género, en sus aspectos masculino y femenino, en el plano
mental, por supuesto.
Esta idea podría parecer un tanto chocante, si
la oís por primera vez, mas otras veces la habéis aceptado pasivamente en
vuestras concepciones diarias. Habláis de la paternidad de Dios y de la
maternidad de la Naturaleza, de Dios como padre divino y de la Naturaleza como
madre Universal, y así habréis conocido instintivamente el principio del Género
en el Universo. ¿No es así?
Mas las enseñanzas herméticas no implican una
dualidad real —el TODO es UNO— siendo los dos aspectos simples fases de
manifestación. La doctrina es que el principio masculino manifestado por el
TODO permanece, en cierta manera, aparte de la creación mental del Universo.
Proyecta su voluntad sobre el principio femenino (que puede ser llamado
naturaleza), siendo en ésta que comienza la obra evolutiva de un Universo,
desde simples «centros de actividad» hasta el hombre, y aun a más elevados
planos de existencia que el humano, todo ello de acuerdo con bien establecidas
leyes de la Naturaleza. Si preferís las antiguas imágenes mentales, podéis
concebir el principio masculino como Dios, el padre, y el principio femenino
como Naturaleza, la madre universal, de cuya matriz todas las cosas nacen. Esto
es algo más que una simple figura poética de lenguaje, es una idea del proceso
de la creación de un Universo. Pero recordad siempre que el TODO es UNO, y que
en su mente infinita es donde crean y generan y existen los Kosmos.
Podría ayudaros a concebir esto propiamente el
aplicarle la ley de correspondencia en vuestra propia mente. Sabéis que esa
parte de vosotros que llamáis «yo», en cierto sentido, permanece aparte de la
creación y de vuestras imágenes mentales en el intelecto. La parte de la mente
en la que se efectúa la generación de imágenes puede ser llamada el «mí», en
distinción con el «yo», que permanece aparte y que examina los pensamientos,
ideas e imágenes del «mí». Como «arriba es abajo», acordaos, y los fenómenos de
un plano pueden emplearse para resolver los enigmas de los planos superiores e
inferiores.
¿Es acaso maravilloso que vosotros, los hijos,
sintáis una reverencia instintiva hacia Padre‑Madre? ¿Es maravilloso que cuando
consideráis las obras y maravillas de la Naturaleza os sintáis conmovidos hasta
lo más profundo de vuestro ser? Es a vuestra madre‑mente a quien os estáis
estrechando, como un niño se estrecha al seno de su madre.
No vayáis a suponer que el pequeñísimo mundo
que os circunda —la Tierra— que no es más que un grano de arena en el Universo,
es el universo mismo. Hay millones y millones de tales mundos, y aun muchos
mayores que él. Y aun hay millones de millones de tales universos que existen
en la Mente del Único. Y aun en nuestro sistema solar hay regiones y planos de
vida muy superiores a los nuestros, y seres comparados con los que nosotros
somos lo que las amebas respecto al hombre. Hay seres cuyos poderes y atributos
son mucho más elevados que los del hombre, y éste jamás ha soñado que pudieran
existir. Mas, a pesar de esto, esos seres fueron en poco tiempo lo que nosotros
ahora, y seremos un tiempo como ellos son y aun superiores, porque tal es el
destino del hombre, a juzgar por lo que nos dicen los iluminados.
La muerte no es real, ni aun en sentido
relativo: no es sino nacer en una vida nueva, y ascendemos y seguiremos
ascendiendo a planos de vida cada vez más elevados, durante eones y eones de
tiempo. El universo es nuestra casa, nuestro hogar y podemos explorarlo hasta
sus más lejanos confines, antes de la consumación de los tiempos. Estamos en la
mente del TODO y nuestras posibilidades y oportunidades son infinitas, lo mismo
en el tiempo que en el espacio. Y al fin del gran ciclo de eones, cuando el
TODO reabsorba sus creaciones en sí mismo, marcharemos alegremente porque
entonces seremos capaces de comprender la verdad toda de ser UNO con el TODO.
Esto es lo que nos afirman los iluminados, esos que han avanzado tanto en el
sendero de la realización.
Y, en el entretanto, estemos tranquilos y
serenos; estamos seguros y protegidos por el Poder Infinito del Padre‑Madre
Mente.
«En la Mente del Padre‑Madre, los hijos están en
su hogar.»
El Kybalion.
«No hay nadie que no tenga padre y madre en el
Universo.»
El Kybalion.
Capítulo VI
La paradoja divina
«El sabio a medias, reconociendo la irrealidad
relativa del Universo, se imagina que puede desafiar sus leyes, ése no es más
que un tonto vano y presuntuoso, que se estrellará contra las rocas y será
aplastado por los elementos, en razón de su locura. El verdadero sabio
conociendo la naturaleza del universo, emplea la Ley contra las leyes: las
superiores contra las inferiores, y por medio de la alquimia transmuta lo que
no es deseable, en lo valioso y de esta manera triunfa. La maestría consiste,
no en sueños anormales, visiones o imágenes fantasmagóricas, sino en el sabio
empleo de las fuerzas superiores contra las inferiores vibrando en los más
elevados. La transmutación (no la negación presuntuosa), es el arma del Maestro.»
El Kybalion.
Ésa es la paradoja del Universo, la que
resulta del principio de polaridad, principio que se manifiesta cuando el TODO
empieza a crear.
Aunque para el TODO infinito el Universo, sus
leyes, sus poderes, su vida, sus fenómenos, son como cosas contempladas en el
estado de meditación o ensueño, el Universo debe ser tratado como real, y la
vida, las acciones y los pensamientos deben estar basados en ello, acordemente,
si bien se tenga un claro conocimiento y realización de la Verdad Superior cada
uno respecto a su propio plano y leyes. Si el TODO hubiera imaginado un
Universo real sería desastroso para éste, porque entonces no podría ascenderse
de lo inferior a lo superior, el universo se habría convertido en una cosa
fija, inmóvil y el progreso resultaría imposible. Y si el hombre, por su parte,
debido a su media‑sabiduría, actúa y vive y piensa en el Universo como si fuera
un sueño (parecido a sus propios ensueños a finitos), así se convertirá
efectivamente para él, y, al igual de un cadáver que caminase, se encontrará
dando vueltas y más vueltas en un círculo, sin hacer el menor progreso y siendo
forzado por último a despertarse y vivir por las leyes naturales que él hubiera
olvidado. Conservad siempre la mente fija en la Estrella, pero mirad donde
ponéis los pies, no vayáis a hundirlos en algún abismo. Recordad la paradoja
divina que afirma que si bien el «Universo no es, sin embargo es». Recordemos
siempre los dos polos de la verdad: lo absoluto y lo relativo. Guardémonos de
las verdades a medias.
Lo que los hermetistas conocen como «Ley de la
paradoja» es un aspecto del principio de polaridad. Las escrituras herméticas
están llenas de toda clase de referencias respecto a esa paradoja que se
descubre en todos los problemas de la Vida y del Ser. Los instructores están
siempre batallando para impedir que sus estudiantes omitan el «otro lado» de
cualquier cuestión, y sus recomendaciones se dirigen especialmente a los
problemas de lo absoluto y de lo relativo, que tanto confunden a los
estudiantes de filosofía, y que obligan a tantos a obrar y a pensar contrariamente
a lo que se conoce como «sentido común». Recomendamos mucho a nuestros
estudiantes el que se aseguren de haber comprendido bien la paradoja divina de
lo absoluto y lo relativo, evitando el ser hipnotizados por el falso miraje de
la verdad a medias. Desde este punto de vista ha sido escrita esta lección.
Leedla cuidadosamente.
La primera idea que se le ocurre al pensador
que ha comprendido y realizado la verdad de que el Universo es una creación
mental del TODO, es la de que el Universo y todo cuanto éste contiene son una
pura ilusión, una irrealidad, contra cuya idea se revuelve instantáneamente.
Pero esto, al igual de otras grandes verdades, debe ser considerado desde los
puntos de vista absoluto, el Universo es, por supuesto, una ilusión, un sueño,
una fantasmagoría, si se compara con el TODO en sí mismo. Esto lo reconocemos
nosotros mismos cuando hablamos del mundo como de un sueño, que va y viene, que
nace y muere, desde el momento que todo lo que es mudable, que cambia, que es
finito e insustancial, debe estar ligado a la idea de un Universo creado,
cuando se compara con el TODO mismo, no importando cual puede ser nuestra
creencia respecto a la naturaleza de ambos.
Filósofos, metafísicos, científicos y
teólogos, todos están de acuerdo sobre ello, y esta concepción se encuentra en
todos los sistemas filosóficos y religiosos, así como en las respectivas
teorías de las escuelas metafísica y teológicas.
Las enseñanzas herméticas no predican la
insubstancialidad del Universo en términos más fuertes que los que os son más
familiares, aunque la exposición del asunto pueda pareceros algo más
contundente. Todo cuanto tenga un principio y un fin, en cierto sentido debe
ser irreal e ilusorio, y el Universo se encuentra en este caso, sea cual sea el
sistema de las escuelas de pensamiento. Desde el punto de vista absoluto nada
hay real excepto el TODO, no importando los términos que empleemos al pensar
sobre ello o al discutirlo. Bien sea que el Universo haya sido creado de
materia, o bien que sea una creación mental en la mente del TODO, es
insustancial, mudable, sujeto al tiempo, al espacio, al cambio. Debemos
comprender y sentir bien esto antes de pensar y examinar la concepción
hermética de la naturaleza mental del Universo. Examina cualesquiera otras
concepciones, y ved si existe alguna que no lo admita.
Mas el punto de vista absoluto muestra
únicamente un solo lado de la cuestión, siendo el otro el aspecto relativo de
la misma. Las verdades absolutas han sido definidas «como las cosas, tal como
las conoce y las ve la mente de Dios», mientras que las verdades relativas son
«las cosas tal como la más elevada razón del hombre las comprende». Y de esta
manera, mientras que para el TODO el Universo debe ser ilusorio e irreal, un
simple sueño o resultado de la meditación, sin embargo para las mentes finitas
que forman parte de ese Universo, y mirando a través de las mortales
facultades, el Universo es ciertamente real, y así debe ser considerado. Al
reconocer así el punto de vista absoluto, no cometeremos el error de ignorar o
negar los hechos y fenómenos del Universo, tal como se nos presentan antes
nuestras facultades mortales: no somos el TODO, recordémoslo.
Para emplear ilustraciones familiares, podemos
reconocer el hecho de que la materia «existe» para nuestros sentidos, y
haríamos muy mal si así no lo reconociéramos. Y, a pesar de ello, nuestra mente
finita reconoce la verdad científica de que no hay tal materia desde el punto
de vista de la ciencia, y que lo que llamamos materia no es más que un agregado
de átomos, átomos los cuales a su vez, no son más que unidades de fuerza
agrupadas que llamamos «electrones» o «iones», vibrando constantemente con
movimiento circular. Golpeamos una piedra y sentimos el impacto, parece ser
real, y, a pesar de ello, sabemos que no es más que lo ya expuesto.
Pero recuerden que nuestro pie, que siente el
golpe mediante la intervención del cerebro, es similarmente materia constituida
por electrones, y por que de esa materia está hecho también nuestro cerebro. Y,
por último, si no fuera por la mente, no sabríamos nada ni del pie ni de la
piedra absolutamente.
Además, el ideal que un artista o un escultor
tratan de reproducir en el mármol o en el lienzo les parece muy real.
Igualmente sucede con los personajes que crea la mente de un autor teatral,
quien trata de expresarlos para que los demás puedan reconocerlos. Y si esto
fuera cierto en el caso de nuestras mentes finitas, ¿cuál sería el grado de
realidad de las imágenes mentales creadas en la mente del Infinito? ¡Oh, para
los mortales este universo de mentalidad es ciertamente muy real! Es el único
que jamás podremos conocer, aunque nos elevemos de plano en plano, cada vez más
alto. Para que lo pudiéramos conocer de otra manera, por experiencia actual,
tendríamos que ser el TODO mismo. Es muy cierto que, cuanto más nos elevamos en
la escala, tanto más cerca nos encontraremos de la mente del Padre y tanto más
evidente se hace la naturaleza ilusoria de las cosas finitas, pero hasta que el
TODO no nos absorba finalmente dentro de Él mismo no se desvanecerá la visión.
De manera, pues, que no necesitamos basarnos
en esa ilusión. Reconozcamos más bien la verdadera naturaleza del Universo y tratemos
de comprender sus leyes mentales, esforzándonos en emplearlas en la forma más
efectiva para nuestro progreso ascendente en toda la vida conforme vamos
viajando de un plano a otro del ser. Las leyes del Universo no dejan de ser
«leyes de hierro» porque sean de naturaleza mental. Todos excepto el TODO,
están sujetos a ellas. Lo que está en la infinita mente del TODO es real, sólo
un grado menos que la realidad misma que constituye la naturaleza del TODO.
No nos sintamos, pues, inseguros o temerosos;
sintámonos firmemente sostenidos en la mente infinita, y nada existe que pueda
dañarnos o causarnos miedo. No hay poder alguno fuera del TODO que pueda
afectarnos. Podemos permanecer tranquilos y seguros. Y en esta realización, una
vez alcanzada, existe una plenitud de seguridad y calma. Entonces dormiremos
serenamente sobre la firmeza inconcebible de lo Profundo, y descansaremos
seguramente sobre el Océano de la mente Infinita que constituye al TODO. En Él,
ciertamente, vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.
La materia no es menos materia para nosotros
mientras permanezcamos en ese plano, aunque sepamos que no es más que un
agregado de partículas de fuerza, o electrones, que vibran rápidamente, girando
unas en torno de otras, en la formación de los átomos. Los átomos, a su vez
giran y vibran y forman así las moléculas, y la agrupación de estas últimas
componen las grandes masas de materia. Y no será menos materia por el hecho de
que, cuando avancemos en nuestra investigación, sepamos que la fuerza, cuyas
unidades son los electrones, no son a su vez más que unidades de manifestación
de la mente del TODO, y que como todo lo demás en el universo es puramente
mental en su naturaleza. Aunque en el plano de la Materia tenemos que reconocer
sus fenómenos, podemos dominarla (como lo hacen todos los maestros en menor o
mayor grado), aplicándoles las fuerzas superiores. Cometeríamos así una locura
si negáramos la existencia de la materia en ese aspecto relativo. Podemos, sí,
negar su dominio sobre nosotros; está bien, pero no debemos intentar ignorarla
en su aspecto relativo, por lo menos mientras vivamos en este plano.
Las leyes de la naturaleza tampoco se hacen
menos constantes o efectivas por el hecho de que las conozcamos y sepamos que
son simples creaciones mentales. Obran plenamente en todos los planos. Y nos
libertamos de las leyes inferiores, aplicándoles las superiores, y sólo podemos
conseguirlo de ésta manera. Pero no podemos escapar a la Ley o elevarnos por
encima de ella completamente. Nadie, sino el TODO, puede escapar a la Ley, y
esto es debido a que el TODO es la ley misma, de la cual todas las demás
brotan. Los más avanzados maestros pueden adquirir los poderes que se atribuyen
generalmente a los dioses, y existen muchos grados del ser en la gran jerarquía
de la vida, cuyos poderes trascienden hasta los de los más elevados maestros,
en un grado inconcebible para los mortales, pero hasta el Maestro más grande y
el ser más elevado debe inclinarse ante la Ley y son como nada ante los ojos
del TODO. Así que si hasta esos elevados seres, cuyos poderes exceden a los
atribuidos por el hombre a sus dioses, están sujetos y sirven a la Ley, imagina
la presunción del mortal de nuestra raza cuando mira las leyes de la Naturaleza
como «irreales», visionarias e ilusorias, porque ha podido alcanzar a ver que
esas leyes son de naturaleza mental, o simples creaciones del TODO. Esas leyes
que el TODO quiere que rijan no pueden ser desafiadas o transgredidas. Mientras
subsista el Universo subsistirán, porque aquel existe en virtud de esas leyes,
las que forman la trama o el esqueleto en que el Universo se apoya.
El Principio hermético del Mentalismo, a la
vez que explica la verdadera naturaleza del Universo sobre la base de que todo
es mental, no cambia las concepciones científicas del Universo, de la vida o de
la evolución. En realidad, la ciencia no hace más que corroborar las enseñanzas
herméticas. Estas últimas enseñan que la naturaleza del Universo es mental,
mientras que la ciencia afirma que es «material»; o, según sus últimas
noticias, que es «energía» en el último análisis. Las enseñanzas herméticas
tampoco están en pugna con el principio básico de Herbert Spencer, que postuló
la existencia de una «Energía Infinita y Eterna, de la cual proceden todas las
cosas». En realidad, los hermetistas reconocen en la filosofía de Spencer la
más elevada expresión de la obra de las leyes naturales que jamás se
promulgara, y creen que Spencer era una reencarnación de un antiguo filósofo
que vivió en Egipto millares de años ha, y que más tarde vivió como Heráclito,
el filósofo griego que viviera en el año 500 A. C. Y consideran su doctrina de
la «energía infinita y eterna» como de acuerdo con las enseñanzas herméticas
siempre con el agregado de que esa energía es la mente del TODO. Con esta clave
maestra de la filosofía Hermética puede el estudiante de Spencer abrir muchas
puertas de las concepciones filosóficas internas del gran filósofo inglés,
cuyas obras demuestran los resultados de su preparación en sus encarnaciones
anteriores. Sus enseñanzas respecto a la Evolución y al Ritmo están casi de
perfecto acuerdo con la Doctrina Hermética referente al principio del Ritmo.
Así, pues, el estudiante no necesita dejar a
un lado los puntos de vista científicos referentes al Universo. Todo lo que se
le pide es que comprenda el principio básico de que el TODO es mente, de que el
Universo es mental: sostenido firmemente en la mente del TODO. Y encontrará que
los otros seis principios concuerdan perfectamente con este conocimiento
científico, y servirán para dilucidar plenamente los puntos oscuros. No hay que
maravillarse de ello, si se considera la influencia que el pensamiento
hermético ejerciera sobre los filósofos primitivos de Grecia, sobre cuyas
doctrinas descansan en gran parte las teorías de la ciencia actual. La
aceptación del primer principio hermético (mentalismo) es la única gran
diferencia entre la ciencia moderna y los estudiantes herméticos, y la ciencia
se va dirigiendo gradualmente hacia ese punto, conforme avanza a través de la oscuridad
y va encontrando su camino en el laberinto en que se ha metido en busca de la
Realidad.
El objeto de esta lección es imprimir en la
mente del estudiante el hecho de que el Universo y sus leyes y sus fenómenos
son tan reales, en lo que al hombre concierne, como lo serían bajo la hipótesis
del materialismo y de la energía. Bajo cualquier hipótesis, el Universo, en su
aspecto externo, está siempre cambiando y es transitorio, y, por consiguiente,
está desprovisto de realidad substancial. Pero, y nótese el otro polo de la
verdad, bajo cualquiera de dichas hipótesis estamos obligados a obrar y a vivir
como si esas cosas fugaces fueran reales y substanciales. Con esta diferencia
siempre, que según las doctrinas se ignoraba el poder mental como Fuerza Natural,
mientras que ahora vemos que el Mentalismo es la mayor fuerza de esa clase. Y
esta sola diferencia basta para revolucionar la vida de aquellos que comprenden
el principio y la práctica y leyes resultantes.
Por último, una vez que se comprenda la
ventaja del Mentalismo se aprende a conocer, emplear y aplicar las leyes
resultantes. Pero no se caiga en la tentación que, según indica El Kybalion,
acecha al medio‑sabio que lo hace hipnotizarse por la aparente irrealidad de
las cosas, siendo su conciencia que camina de un lado para otro como soñando,
viviendo en un mundo de ensueños, ignorando la vida diaria y su trabajo, siendo
su final que se destrozará contra las rocas y se disolverá en los elementos, en
razón de su locura. Más bien seguid el ejemplo del sabio que la misma autoridad
indica: «úsese la Ley contra las leyes; lo superior contra lo inferior, y por
el arte de la alquimia trasmutad lo que no es deseable en lo estimable,
triunfando en esa forma». De acuerdo con esta doctrina, debe evitarse la media‑sabiduría,
que es locura y que ignora la verdad de que: «El dominio consiste, no en sueños
anormales o visiones y fantásticas imaginaciones, sino en emplear las fuerzas
superiores contra las inferiores, escapando así a los dolores de los planos
inferiores mediante la elevación a los superiores». Recuérdese siempre que la
«transmutación y no la negación presuntuosa es el arma del Maestro». Las citas
antedichas pertenecen a El Kybalion, y son muy dignas de tenerlas
siempre presentes.
No vivimos en un mundo de sueños, sino en un
Universo que, si bien es relativo, es real, por lo menos en lo que concierne a
nuestra vida y obras. Nuestra misión en el Universo no es negar su existencia,
sino vivir, empleando debidamente sus leyes para ascender de lo inferior a lo superior,
viviendo y haciendo lo mejor que podamos dentro de las circunstancias que
surgen cada día, y viviendo, todo lo posible, nuestras más elevadas ideas e
ideales. El verdadero significado de la vida no es conocido por el hombre en
este plano —si es que alguien lo conoce—; pero los más sabios, y nuestras
propias intuiciones también, nos enseñan que no nos equivocaremos si tratamos
de vivir lo mejor posible y realizar la tendencia universal en el mismo
sentido, a pesar de las aparentes evidencias en contra. Todos estamos en el
Camino, y esta vía va siempre ascendiendo, con frecuentes sitios de reposo.
Léase el mensaje de El Kybalion, y
sígase el ejemplo del sabio, evitando el error del medio‑sabio, quien perece en
razón de su locura.
Capítulo VII
«El Todo» en todo
«Si bien es cierto que todo está en el TODO, no
lo es menos que el TODO está en todas las cosas. El que comprende esto
debidamente, ha adquirido gran conocimiento.»
El Kybalion.
¡Cuan a menudo se ha oído a la mayoría repetir
la afirmación de que su Deidad era «todo en todo», y cuán poco ha sospechado el
íntimo significado oculto encerrado en esas palabras emitidas tan sin ton ni
son! La presión comúnmente empleada es lo que ha quedado de la máxima hermética
del epígrafe. Como dice El Kybalion: «El que comprende esto debidamente,
ha adquirido gran conocimiento». Y si esto es así, tratemos de comprender lo
que significa, dada su gran importancia.
En esa máxima está encerrada una de las más
grandes verdades filosóficas, científicas y religiosas.
Ya hemos dado la enseñanza hermética
concerniente a la naturaleza mental del Universo —la verdad de que «el Universo
es Mental, sostenido en la mente del TODO». Como dice El Kybalion en el
pasaje citado: «todas las cosas están en el TODO». Pero nótese también la
siguiente afirmación correlacionada: «Es igualmente cierto que el TODO está en
todas las cosas». Esta contradicción aparente es conciliable según la ley de la
Paradoja. Es, además, una afirmación hermética exacta sobre las relaciones que
existen en el TODO y su Universo mental. Ya hemos visto como es que todo está
en el TODO; examinemos ahora el segundo aspecto del asunto.
La doctrina hermética indica que el TODO es
inminente e inherente al Universo, así como en toda parte, partícula, unidad o
combinación, dentro del universo.
Los maestros suelen ilustrar este postulado,
refiriéndose al Principio de Correspondencia. El instructor pide al estudiante
que forme una imagen mental de algo, de una persona, una idea o alguna cosa que
tenga forma mental, siendo el ejemplo preferido el de un autor que se esté
formando una idea de los personajes, el de un pintor o escultor que esté
creando la imagen mental de lo que trata de expresar con su arte. En cada caso
el estudiante verá que, aunque la imagen tiene existencia y ser únicamente
dentro de su propia mente, sin embargo, el estudiante mismo, autor, pintor, o
escultor es, en cierto sentido, inmanente en dicha imagen. En otras palabras, toda
la virtud, vida, espíritu o realidad de la imagen mental se deriva de la
«inmanente mente» del pensador. Medítese esto un instante hasta que se
comprenda bien la idea.
Empleando otro ejemplo, podríamos decir que
Otelo, Yago, Hamlet, Lear, Ricardo III, etc., existieron en la mente de
Shakespeare en el momento de su concepción o creación. Y, sin embargo,
Shakespeare existió también dentro de cada uno de esos personajes, dándoles su
vitalidad, su espíritu y su acción.
¿Cuál es el espíritu de los personajes que
conocemos como Micawber, Oliver Twist, Uriah Heep?… ¿Es Charles Dickens o tiene
cada uno de ellos un espíritu personal, independiente de su creador? ¿Tienen la
Venus de Médicis, la Madonna Sixtina, el Apolo de Belvedere, espíritus y realidad
propios o representan los poderes mentales y espirituales de sus creadores? La
Ley de la Paradoja explica que ambas proposiciones son ciertas, consideradas
desde los puntos de vista apropiados. Micawber es, a la vez, Micawber y
Dickens. Y mientras puede decirse que Micawber es Dickens, Dickens no es
idéntico a Micawber. El hombre, como Micawber, puede exclamar: «El espíritu de
mi creador me es inherente, y, sin embargo, yo no soy Él». Esto es muy
diferente de la chocante media‑verdad que clamorosamente anuncian algunos medio‑sabios,
diciendo: «Yo soy Dios». Imaginad al pobre Micawber o al ratero Uriah Heep
exclamando: «Yo soy Dickens», o a cualquier otro personaje de las obras de
Shakespeare anunciando: «Yo soy Shakespeare». El TODO está en la lombriz, pero
la lombriz está muy lejos de ser el TODO. Pero aunque la lombriz exista
meramente como una pequeña cosa, creada y teniendo su ser únicamente en la
mente del TODO, el TODO es inmanente a ella, así como en las partículas que la
componen. ¿Puede haber algún misterio mayor que el encerrado en esa
proposición: «Todo está en el TODO y el TODO está en todo?».
El estudiante comprenderá, por supuesto, que
las ilustraciones dadas más arriba son necesariamente imperfectas e
inadecuadas, porque representan la creación de imágenes mentales en mentes
finitas, mientras que el Universo es la creación de una mente infinita, y la
diferencia entre los dos polos las separa. Y, sin embargo, es sólo cuestión de
grado —el mismo Principio es el que opera— el Principio de Correspondencia se manifiesta
en cada una: «Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba».
Y en proporción a la realización que obtenga
el hombre de la existencia del Espíritu Subyacente inmanente en su propio ser
se elevará en la escala de la vida. Esto es lo que significa el desarrollo
espiritual; el reconocimiento, la realización y la manifestación del Espíritu
interno. Recuérdese siempre esta definición (la del desenvolvimiento
espiritual), porque contiene la verdad de toda verdadera Religión.
Existen muchos Planos del Ser, muchos
subplanos de vida, muchos grados de existencia en el Universo. Y todos dependen
del adelanto de los seres en la escala, cuyo punto más bajo es la materia más
densa, estando el Ser más elevado separado del Espíritu del TODO sólo por una
sutilísima división, y por todas partes, a lo largo de esta escala de la vida,
todo está en movimiento. Todos están en el sendero, cuyo fin y meta es el TODO.
Todo progreso es una vuelta al hogar. Todo se mueve hacia arriba, adelante, a
pesar de las aparentes contradicciones. Éste es el mensaje del iluminado.
La doctrina hermética concerniente al proceso
de la creación mental del Universo es que, al principio del ciclo creador, el
TODO, en su aspecto de ser, proyecta su voluntad hacia su aspecto de «Devenir»
y el proceso de la creación comienza. Se dice que este proceso se reduce a una
disminución gradual de intensidad vibratoria hasta que se alcanza un grado muy
bajo de energía vibrante, en cuyo punto se manifiesta la forma más densa
posible de materia. Este proceso se llama involución porque el TODO se
«envuelve» en su creación. Y esto tiene su correspondencia en los procesos
mentales de un artista, escritor o inventor, quien se «envuelve» tanto en su
creación mental que olvida casi completamente su propia existencia, pues en
esos momentos «vive en su creación». Si en vez de la palabra «envolverse»
empleáramos la de «absorberse», quizá se diera una idea más clara del
significado que trata de sugerir.
A este estado involucionario de la creación
suele también llamársele la «Emanación» de la energía divina, así como el
estado evolucionario se denomina «Absorción». Al polo más extremo del proceso
creador, se le considera como el más separado del TODO, en tanto que el
principio del estado evolutivo es mirado como un retorno de la oscilación del
péndulo del Ritmo, como una vuelta al hogar.
La enseñanza es que durante la Efusión las
vibraciones se van amortiguando gradualmente hasta que el impulso amortiguador
cesa por último, y entonces se produce el retorno de la oscilación pendular.
Pero existe esta diferencia: que mientras en la efusión se manifiestan las
fuerzas creadoras compactamente, como un todo desde el comienzo mismo del
estado evolutivo o de «reabsorción» se manifiesta la ley de la
individualización; esto es, la tendencia a separarse en unidades de fuerza, de
tal manera que lo que dejó al TODO como no individualizada energía vuelve a su
fuente originaria como innumerables unidades de vida, altamente desarrolladas,
que se han ido levantando cada vez más alto en la escala por medio de la
evolución física, mental y espiritual.
Los antiguos herméticos empleaban la palabra
«meditación» para describir el proceso de la creación mental del Universo en la
mente del TODO, habiéndose empleado también frecuentemente la palabra
«contemplación».
Pero la idea que parece sugerir es la del
empleo de la Atención Divina. «Atención» es una palabra derivada de raíz
latina, que significa «alcanzar, llegar», y el acto de atención es realmente un
«alcance, una extensión» de la energía mental; de manera, pues, que
comprenderemos perfectamente el concepto si examinamos el verdadero significado
de la atención.
La doctrina hermética concerniente a la
evolución es que el TODO, habiendo meditado sobre el principio de la creación,
y establecido así la base material del Cosmos, pensándolo en la existencia,
gradualmente va despertándose de su meditación, y al hacerlo produce la
manifestación del proceso evolutivo, en los planos material, mental y espiritual,
sucesivamente en orden. Así empieza el movimiento ascendente, y todos los seres
comienzan a dirigirse hacia el Espíritu. La materia se va haciendo menos densa,
las unidades vienen a ser, las combinaciones se inician, la vida aparece y va
manifestándose en formas cada vez más elevadas y la mente se va haciendo más
evidente, vibrando todo cada vez más intensamente. En una palabra, el proceso
entero de la evolución, en todas sus fases, comienza y sigue de acuerdo con las
leyes del proceso de «absorción». Todo esto ocupa eones y eones de tiempo,
estando compuesto cada eón por millones de años; pero, según dice el iluminado,
toda la creación, incluyendo la involución y la evolución de un universo, no es
más que un abrir y cerrar de ojos para el TODO. Al final de innúmeros ciclos de
eones de tiempo el TODO retira su atención (contemplación) o meditación del
Universo, porque la Gran Obra ha terminado, y todo queda absorbido en Él de
quien otrora emergiera.
Pero el misterio de los misterios es que el
Espíritu de cada alma no queda aniquilado, sino que se expande infinitamente,
sumergiéndose uno en otro el Creador y el Creado. Ésa es la voz de la
iluminación.
La iluminación expuesta sobre la meditación y
el subsiguiente despertar de ella del TODO no es, por supuesto, más que un
intento de descripción del proceso infinito, mediante un ejemplo finito. Pero,
no obstante: «Como es arriba es abajo». La diferencia es sólo de grado. Y así,
como el TODO se despierta de su meditación sobre el Universo, así también el
hombre (a su debido tiempo) cesará de manifestarse sobre el plano material y se
irá retirando cada vez más en el espíritu Interno, que, ciertamente, es el «Ego
Divino».
Hay otra cosa más de la que deseamos hablar en
esta lección, y esto llega muy cerca del campo metafísico de especulación,
aunque nuestro propósito es simplemente el mostrar la futilidad de tal
especulación. Aludimos a la pregunta que inevitablemente se presenta ante la
mente de todos los pensadores que se han aventurado a buscar la Verdad, la
pregunta es: ¿Por qué creó el TODO al Universo? Esta pregunta podrá ser
formulada en diferente forma, pero su esencia es siempre la misma.
Mucho han luchado los hombres para
contestársela, pero aún no se posee respuesta alguna que merezca ese nombre. Algunos
se han imaginado que el TODO ganaría algo con ello, pero eso es absurdo, porque
¿qué es lo que podrá obtener el TODO que ya no posea? Otros dicen que el TODO
desea amar a algo, o que lo había creado para divertirse, o porque estaba silo,
o para manifestar su poder. Pero todas esas respuestas son pueriles e
infantiles y pertenecen a la primera infancia del pensamiento.
Algunos han tratado de explicar el misterio
presumiendo que el TODO se vio «compelido» a crear, en razón de su «naturaleza
interna», o su «instinto creador».
Esa idea, si bien representa un adelanto sobre
las otras, tiene un punto débil. Si su «naturaleza interna o instinto creador»
lo impulsara a hacer algo, entonces la naturaleza interna o instinto creador
sería el Absoluto, en vez del TODO, y de ahí que la proposición falle por su
misma base. Sin embargo, el TODO crea y se manifiesta y parece encontrar cierta
satisfacción al hacerlo. Y es muy difícil escapar a la conclusión de que en
algún grado infinito tendría que tener algo que correspondiera a una naturaleza
interna o instinto creador en el hombre, con un deseo y Voluntad correspondientemente
infinito. No podría obrar si no quisiera hacerlo, no podría hacerlo a menos que
lo deseara, y no lo desearía si no obtuviera con ello una satisfacción. Y todas
estas cosas pertenecerían a una Naturaleza interna, y podría postularse su
existencia de acuerdo con la Ley de Correspondencia, tanto interna como
externa. Éste es el problema que yace en la raíz misma de la dificultad y la
dificultad que se encuentra en la misma raíz del problema.
Estrictamente hablando, no puede decirse que
haya ninguna «razón» para obrar, porque una razón implica una causa, y el todo
está por encima de la causa y del efecto, salvo cuando su voluntad misma se
convierte en una causa, en cuyo momento el principio se pone en movimiento. De
manera, pues, que no puede pensarse en el mismo asunto, porque como el mismo
TODO es incognoscible. Así como nos vemos obligados a decir simplemente: EL
TODO ES, así también sólo podemos decir que el TODO OBRA PORQUE OBRA. Y, en
último término, el TODO es la razón en sí misma, y puede decirse en verdad que
Él es su propia razón, su propia ley; su propio acto, mejor aún: Que el TODO,
su razón, su acto y su ley, son uno, siendo las palabras diferentes nombres de
la misma cosa. En opinión de los que esto escriben, la respuesta se halla
encerrada en el íntimo ser del TODO, en su ser secreto. La Ley de
correspondencia, en nuestra opinión, sólo llega al aspecto del TODO que denominamos
el aspecto de devenir o de estado. Tras ese aspecto está el de ser, en el cual
todas las leyes se pierden en la Ley, todos los principios en el Principio y el
TODO, el Principio y el Ser, son idénticos, uno y lo mismo.
Por consiguiente, toda especulación metafísica
sobre el punto es fútil. Si nos ocupamos aquí de la cuestión es sólo para
mostrar que, si bien reconocemos el hecho, reconocemos también lo absurdo de
las respuestas dadas por metafísicos y teólogos.
En conclusión, podrá ser de interés para los
estudiantes el saber que en tanto que algunos de los antiguos y modernos
instructores herméticos se inclinan más bien a aplicar el Principio de Correspondencia
a la cuestión, que da por resultado la «naturaleza interna», la leyenda dice
que Hermes, el Grande, cuando le fue hecha esa pregunta por algunos de sus más
avanzados estudiantes, contestó apretando los labios fuertemente y no diciendo
una palabra, como si indicara que no había respuesta. Pero también puede ser
que quisiera aplicar el axioma de esta filosofía que dice que «los labios de la
Sabiduría permanecen cerrados, excepto para los oídos del entendimiento», en la
creencia de que aún sus más aventajados discípulos no poseían la comprensión
necesaria que los calificara para esa enseñanza. De cualquier manera, si Hermes
poseyó el Secreto no lo comunicó, y por lo menos en lo que al mundo concierne
los labios de Hermes están cerrados al respecto. Y si Hermes el Grande vaciló
en hablar, ¿quién sería el osado mortal que tratara de enseñarlo?
Pero, recordémoslo, cualquiera que sea la
respuesta de este problema, si es que hay alguna, la verdad es que: «Si bien es
cierto que todo está en el TODO, no lo es menos que el TODO está en todas las
cosas». La proposición en este punto es enfática. Y, para terminar, repetiremos
las palabras de la cita: «El que comprenda esto debidamente, ha adquirido gran
conocimiento».
Capítulo VIII
Los planos de correspondencia
«Como es arriba, es abajo; como es abajo, es
arriba.»
El Kybalion.
El segundo gran principio hermético encierra
la verdad de que existe entre los diversos planos de manifestación de la vida y
del ser una armonía, concordancia y correspondencia. Esta verdad lo es porque
todo cuanto hay en el Universo emanó de la misma fuente, y las mismas leyes,
principios y características se aplican a cada unidad o combinación de unidades
de actividad, conforme cada una manifiesta su propio fenómeno en su propio
plano.
Para facilitar la meditación y el estudio, la
Filosofía hermética considera que el Universo puede dividirse en tres grandes
clases de fenómenos, conocidas como los tres Grandes Planos:
I.
EL PLANO FÍSICO.
II.
EL PLANO MENTAL.
III.
EL PLANO ESPIRITUAL.
Estas divisiones son más o menos artificiales
y arbitrarias, porque la verdad es que las tres divisiones no son más que
grados ascendentes en la gran escala de la vida, siendo el punto más bajo la
materia indiferenciada, y el más elevado el del Espíritu. Y, además, los
diferentes planos se esfuman unos en otros, de manera que no puede establecerse
una división firme y nítida entre la parte superior del Plano Físico y la
inferior del Mental.
En una palabra, los tres grandes planos pueden
ser considerados como tres grandes grupos de grados de vida en manifestación. Y
aunque el propósito de este libro no nos permite entrar en una explicación
extensa de los mismos, daremos una descripción general de ellos.
Para principiar podemos considerar la pregunta
tan a menudo formulada por el neófito, que desea saber lo que significa
realmente la palabra «Plano», término que se usa libremente, y que apenas ha
sido explicado, en muchas obras de ocultismo. La pregunta se formula
generalmente así: «¿Un Plano es un lugar que tiene dimensiones, o no es más que
una condición o estado?» Y podemos contestar «No, no es un lugar ni una
dimensión ordinaria del espacio; pero, sin embargo, es más que un estado o
condición». Puede ser considerado como un estado o condición; pero, no
obstante, el estado o condición es un grado dimensional, es una escala, y está
sujeto a medida. Parecerá esto quizá una paradoja, pero examinemos el punto.
Una «dimensión» es una medida en línea recta, relacionada con una medida base,
etc. Las dimensiones ordinarias del espacio son longitud o largo, latitud o ancho,
y grosor o altura. Pero existe otra dimensión de las cosas creadas, o medida en
línea recta, conocida por los ocultistas y también por los hombres de ciencia,
aunque estos últimos no le hayan dado todavía el nombre de dimensión. Esta nueva
dimensión, que por el momento es la base de muchas especulaciones bajo el
nombre de Cuarta Dimensión, es el tipo usado para determinar los «grados» o
planos.
Esta cuarta dimensión puede ser denominada la
de la «Vibración». Es un hecho bien conocido por la ciencia moderna, así como
por los hermetistas, quienes han encerrado esa verdad en su tercer principio,
que «todo está en movimiento, todo vibra, nada está en reposo». Desde la más
elevada manifestación hasta la más baja, todas las cosas vibran. Y no solamente
vibran con diferente intensidad, sino en diferentes dimensiones y de diferente
manera. Los grados de «intensidad» vibratoria constituyen los grados para medir
en la escala de vibraciones, o sea los grados de la Cuarta Dimensión. Todos
estos grados forman lo que los ocultistas llaman «planos».
Cuanto más elevado es el grado de vibración,
tanto más elevado es el plano. De manera, pues, que aunque un plano no es un
lugar, ni estado o condición, posee, sin embargo, cualidades comunes a ambos.
Algo más tendremos que decir sobre las vibraciones en los próximos capítulos,
en los que estudiaremos el principio hermético de Vibración.
Se recordará, no obstante, que los tres
grandes planos no son divisiones actuales y reales de los fenómenos del
Universo, sino simples medios arbitrarios empleados por los herméticos para
ayudar al pensamiento y al estudio de los diversos grados y formas de la
actividad y de la vida universales. El átomo de la materia, la unidad de
fuerza, la mente del hombre y el ser del arcángel, no son más que grados de una
sola y misma escala, y todos son fundamentalmente los mismos, siendo la diferencia
sólo cuestión de grado y de intensidad vibratoria: todos son creaciones del
TODO, y tienen su existencia dentro de su mente infinita.
Los herméticos subdividen cada uno de esos
tres grandes planos en siete planos menores, y cada uno de éstos en siete
subplanos, siendo estas divisiones más o menos arbitrarias, esfumándose unas en
otras, pero han sido adoptadas por conveniencias del estudio científico.
El Gran Plano Físico, y sus siete planos
menores, es la división que comprende todos los fenómenos del universo que se
refieren a las cosas, fuerzas y manifestaciones físicas. Incluye todas las
formas de lo que conocemos como materia, y todas las formas de lo que llamamos
energía o fuerza. Pero se debe recordar que la Filosofía Hermética no reconoce
la materia como una cosa en sí misma, o como si tuviera una existencia separada
de la mente del TODO. La proposición es que la materia no es más que una forma
de energía, esto es, energía de una intensidad vibratoria inferior de cierta
clase. Y de acuerdo con ello, los herméticos clasifican la materia bajo el
título de energía, y le adjudican tres de los siete planos menores del Gran
Plano Físico.
Dichas siete divisiones menores son las
siguientes:
I.
El plano de materia (A)
II.
El plano de materia (B)
III.
El plano de materia (C)
IV.
El plano de sustancia etérea.
V.
El plano de energía (A)
VI.
El plano de energía (B)
VII.
El plano de energía (C)
El Plano de Materia A comprende las formas
materiales sólidas, líquidas y gases, tal como lo reconocen generalmente las
obras de texto físicas. El Plano de Materia B comprende ciertas formas más
elevadas y sutiles de la existencia que la ciencia recién comienza a conocer:
los fenómenos de la materia radiante, bajo sus fases de radium, etc., que
pertenecen a la subdivisión más inferior de este plano menor. El Plano de la
Materia C comprende formas de la materia más sutil y tenue, cuya existencia ni
siquiera sospechan los hombres de ciencia actuales. El Plano de la sustancia
Etérea comprende lo que la ciencia denomina «éter», sustancia de tenuidad
extrema y de prodigiosa elasticidad, que compenetra todo el Espacio Universal y
que obra como medio para la transmisión de ondas de energía tales como la luz,
el calor, la electricidad, etc. Esta sustancia etérea es el eslabón de unión
entre la llamada materia y la energía, participando de la naturaleza de ambas.
La doctrina hermética dice que ese plano tiene siete subdivisiones (como las
tienen los demás planos menores), y que, en realidad, hay siete éteres en vez
de uno.
Inmediatamente después viene el Plano de la
Energía A, que comprende las formas de energía que la ciencia conoce
corrientemente, siendo sus siete subdivisiones respectivamente: Calor, Luz,
Magnetismo, Electricidad, Atracción (gravitación, cohesión, afinidad química,
etc.) y otras varias formas de fuerza que revelan los experimentos científicos,
pero que aún no han sido denominadas o clasificadas. El Plano de la Energía B
comprende siete subdivisiones de las más elevadas modalidades de energía, que
aún no ha descubierto la ciencia, pero que han sido llamadas «Las Fuerzas Sutiles
de la Naturaleza», cuya manifestación se provoca mediante ciertos fenómenos
mentales, cuyos fenómenos son posibles merced a ellas. El Plano de la Energía C
comprende siete subdivisiones de energía tan elevadamente organizada que tiene
muchas de las características de la vida, pero no son reconocidas por el hombre
en el actual estado de desarrollo, siendo utilizables solamente para los seres
del Planeta Espiritual. Esa energía es inconcebible y puede ser considerada
casi como «poder divino». Los seres que la emplean son como dioses, aun
comparándolos con el tipo humano más elevado que conozcamos.
El Gran Plano Mental comprende esas formas de
cosas vivientes que conocemos en la vida ordinaria, así como otras formas no
tan bien conocidas, salvo por los ocultistas.
La clasificación de los siete planos mentales
menores no es muy satisfactoria sino más bien arbitraria (salvo que se
acompañara por complicadas explicaciones que son ajenas al propósito de este
libro), pero la mencionaremos.
I.
El plano de la mente mineral
II.
El plano de la mente elemental (A)
III.
El plano de la mente vegetal
IV.
El plano de la mente elemental (B)
V.
El plano de la mente animal
VI.
El plano de la mente elemental (C)
VII.
El plano de la mente humana.
El Plano de la Mente Mineral comprende los
estados o condiciones de las unidades o entidades, o grupos y combinaciones de
las mismas, que animan las formas conocidas bajo el nombre de minerales,
substancias químicas, etc. Estas entidades no deben ser confundidas con las
moléculas, átomos y corpúsculos siendo estos últimos sólo el cuerpo material de
dichas entidades, así como el cuerpo del hombre no es más que su forma material
y no él mismo. A esas entidades se las puede llamar «almas» en cierto sentido, y
son seres vivientes de escaso grado de desarrollo, vida y mentalidad, apenas un
poco más que las unidades de «energía viviente» que comprenden las
subdivisiones superiores del más elevado plano físico. El hombre corriente no
suele atribuir mente, alma o vida al reino mineral, pero todos los ocultistas
reconocen la existencia del mismo, y la ciencia moderna se está encaminando
rápidamente hacia este punto de vista. Las moléculas, átomos y corpúsculos
tienen sus «odios y amores», gustos y desagrados, atracciones y repulsiones,
afinidades y no‑afinidades, etc., y algunos hombres de ciencia han expresado la
opinión de que el deseo y la voluntad, las emociones y sentimientos de los
átomos sólo difieren en grado de los del hombre. No tenemos espacio para discutir
el asunto aquí. Todos los ocultistas saben que es un hecho, y otros se refieren
a los descubrimientos científicos más recientes para que se vea su
corroboración. Este plano tiene las siete subdivisiones habituales.
El Plano de la Mente Elemental A comprende el
estado o condición y grado de desarrollo mental y vital de una clase de
entidades desconocidas para el hombre corriente, pero que el ocultista conoce.
Son invisibles para los sentidos ordinarios del hombre, pero, no obstante,
existen y desempeñan su papel en el Drama del Universo. Su grado de
inteligencia es intermedio entre las entidades minerales y químicas por una
parte y las entidades del reino animal por la otra. Hay siete subdivisiones en
este plano también.
El Plano de la Mente Vegetal y sus siete
subdivisiones comprende los estados o condiciones de las entidades que encierra
el mundo vegetal, los fenómenos mentales y vitales que se conocen corrientemente.
Muchas e interesantes obras científicas se han escrito últimamente sobre la
mente y la vida en las plantas. Los vegetales tienen vida, mente y alma, tanto
como los animales, el hombre y el superhombre.
El Plano de la Mente Elemental B y sus siete
subdivisiones comprende los estados y condiciones de una forma de elementales o
entidades invisibles, que hacen su obra en el Universo, cuya mente y vitalidad
forma parte de la escala entre el Plano de la Mente Vegetal y el Plano de la
mente Animal, participando dichas entidades de la naturaleza de ambos.
El Plano de la Mente Animal y sus siete
subdivisiones comprende los estados y condiciones de las entidades, seres o
almas, que animan los cuerpos vivientes de los animales y que son familiares a
todos. No es necesario entrar en detalles concernientes a este reino o plano de
vida, porque el mundo animal nos es tan familiar como el nuestro propio.
El Plano de la Mente Elemental C y sus siete
subdivisiones comprende las entidades o seres invisibles, que participan de la
naturaleza de la vida animal y humana, en determinado grado y combinación. Los
elementos pertenecientes a este plano y que están en el grado más elevado del
mismo, son semihumanos en inteligencia.
El Plano de la mente Humana y sus siete
subdivisiones comprende las manifestaciones de la vida y mentalidad que son
comunes al hombre en sus varios grados y divisiones. En este punto debemos
indicar el hecho de que el hombre corriente actual ocupa la cuarta subdivisión
del Plano de la mente Humana, y sólo los más inteligentes han cruzado los
límites de la quinta subdivisión. Millones de años ha empleado la raza para
alcanzar este estadio, y tardará muchos años más en llegar a las subdivisiones
sexta y séptima. Pero debemos recordar que ha habido razas anteriores a las
nuestras que han pasado por esos grados y después más allá de ellos. Nuestra
propia raza es la quinta (con más los rezagados de la cuarta) que huella el
Sendero. En ella ha habido unas cuantas almas avanzadas que han sobrepasado a
la masa y han llegado a la sexta y hasta la séptima subdivisión, y algunos un
poco más allá todavía. El hombre de la sexta subdivisión será el superhombre, y
el de la séptima el ultra hombre.
Al considerar los siete planos mentales
menores nos hemos referido a los tres planos elementales en un sentido general.
No deseamos entrar en mayores detalles en esta obra, porque el asunto no
pertenece a este plano de la filosofía y enseñanzas generales. Pero hemos dicho
esto para dar una idea un poco más clara de las relaciones de estos planos con
los que nos más familiares. Los Planos Elementales guardan la misma relación en
mentalidad y vitalidad con los Planos Mineral, Vegetal, Animal y Humano, que
las teclas negras de un piano con las blancas. Las teclas blancas bastan para
producir música, pero hay ciertas escalas, melodías y armonías en las que las
teclas negras desempeñan su parte, siendo necesaria su presencia. Son también
necesarias como eslabones de unión en las condiciones anímicas, o estados de
ser diversos, entre los demás planos, alcanzándose así ciertas formas de
desenvolvimiento. Y este hecho dará al lector que pueda leer entre líneas una
luz nueva sobre el proceso de la evolución, una nueva clave para la secreta
puerta de la vida que se oculta entre reino y reino. Todos los ocultistas
conocen perfectamente esos grandes reinos de Elementales, y las obras esotéricas
están llenas de alusiones a los mismos.
Los que hayan leído Zanoni, de Bulwer
Lytton, y otras leyendas similares, reconocerán a esas entidades pertenecientes
a los mencionados planos de la vida.
Pasando del gran Plano Mental al Gran Plano
Espiritual, ¿qué es lo que podríamos decir?, ¿Cómo podríamos explicar esos
elevados estados del ser, de la vida y de la mentalidad a mentes que son
todavía incapaces de comprender las subdivisiones más elevadas del Plano de la
Mente Humana? Esa tarea es imposible. Sólo podemos hablar en los términos más
generales. ¿Cómo podría describirse la luz a un hombre que haya nacido ciego?,
¿Cómo explicar el azúcar a quien nunca ha probado algo dulce?, ¿Cómo hablar de
armonía a un sordo?.
Todo lo que podemos decir es que los siete
planos menores del Gran Plano Espiritual (cada uno de los cuales tiene las
usuales siete subdivisiones), comprenden seres tan superiores al hombre actual
como este último es superior al gusano o quizás a formas aún inferiores. La
vida de esos seres trasciende tanto a la nuestra que ni siquiera podemos pensar
en los detalles de las mismas. Su mente es tan elevada que, por ellos, nosotros
apenas si pensamos, y nuestros procesos mentales les parecen puros procesos
materiales. La materia que forma sus cuerpos es del plano más elevado, y
algunos se dicen que están envueltos por pura energía. ¿Qué es lo que podría
decirse sobre tales seres?
En los siete planos menores del Gran Plano
Espiritual existen seres de quienes hablamos como Ángeles, Arcángeles o semi‑dioses.
En los planos menores inferiores viven aquellos a quienes damos el nombre de
Maestros y Adeptos. Sobre ellos están las grandes jerarquías de huestes
angélicas, inconcebibles para el hombre, y sobre ellas están los que sin
irreverencia alguna podrían llamarse dioses, pues su grado de elevación en la
escala es tan alto, tan grande su poder e inteligencia, que sobrepasan a todas
las concepciones que el hombre se ha formado sobre la Deidad. Esos hombres
están de todo cuanto se pueda imaginar, siendo la palabra «Divino» la única que
se les podría aplicar. Muchos de esos seres, incluso las huestes angelicales,
tienen sumo interés por las cosas del Universo y desempeñan un papel
importantísimo en sus procesos. Esas invisibles divinidades y auxiliares
angélicas ejercen su influencia libremente y poderosamente en la obra de la
evolución y del progreso cósmico. Su intervención ocasional y auxilio directo
en los asuntos humanos han dado origen a muchas leyendas, creencias, religiones
y tradiciones de las razas pasadas y actuales. Han superpuesto su conocimiento
y poder sobre el mundo una y otra vez, todo bajo la ley del TODO, por supuesto.
Pero sin embargo, aún esos elevadísimos seres
existen meramente como creaciones de la mente del TODO y están sujetos a los
procesos cósmicos y a las leyes universales. Son todavía mortales, podemos
llamarlos «dioses» si nos agrada, pero no son más que nuestros hermanos
mayores: las almas avanzadas que han sobrepasado a sus compañeras y que han
renunciado temporalmente al éxtasis de la absorción en el TODO, para poder
ayudar a la raza en su ascendente jornada en el Sendero. Pero pertenecen al
Universo y están sujetos a sus condiciones —son mortales y su plano es inferior
al del Espíritu Absoluto.
Sólo los herméticos más avanzados son capaces
de comprender las enseñanzas secretas concernientes al estado de existencia y a
los poderes manifestados en los planos espirituales. El fenómeno es tan
superior al que se produce en los Planos Mentales que cualquier intento de
descripción sólo serviría para producir una gran confusión de ideas. Únicamente
aquellos cuya mentalidad ha sido cuidadosamente educada en la Filosofía
Hermética durante años enteros, y los que han traído consigo, de encarnaciones
anteriores, el conocimiento adquirido previamente, pueden comprender adecuadamente
lo que significan las enseñanzas referentes a los planos espirituales. Y muchas
de ellas las guardan celosamente los herméticos por considerarlas demasiado
sagradas, importantes y hasta peligrosas, como para divulgarlas públicamente.
El estudiante inteligente comprenderá lo que esto significa si dijéramos que el
significado de la palabra «Espíritu», tal como lo usan los herméticos, es
sinónimo de «poder viviente», de fuerza animada, de esencia interna o vital,
etc., significación que no debe confundirse con lo que generalmente se atribuye
al término en cuestión: «religioso, eclesiástico, espiritual, etéreo, santo,
etc.». El ocultista emplea la palabra Espíritu en el sentido de «principio
animador», lo que lleva consigo la idea de poder, de energía viviente, de
fuerza mística, etc. El ocultista sabe muy bien que lo que él conoce como poder
espiritual puede ser empleado con fines buenos o malos (de acuerdo con el
principio de polaridad), hecho que ha sido reconocido por la mayoría de las
religiones en sus concepciones de Satanás, Belcebú, el Diablo, Lucifer, Ángeles
caídos, etc. por esta razón el conocimiento referente a esos planos ha sido
mantenido en el secreto, en el Santuario de los Santuarios de todas las
fraternidades esotéricas y órdenes ocultas. Ha sido guardado en la más secreta
cámara del Templo. Pero, y esto si podemos decirlo, los que han alcanzado
grandes poderes espirituales y los han empleado mal se han creado un Destino
terrible, y la oscilación del péndulo del Ritmo inevitablemente los llevará al
otro extremo de la existencia material, desde cuyo punto tendrán que volver
nuevamente a hacer el mismo camino a lo largo de las múltiples espirales del
Sendero, pero siempre tendrán como castigo el recuerdo vibrante de las cumbres
donde cayeron debido a su mal obrar. Las leyendas sobre los ángeles caídos
tienen una base real, como saben todos los ocultistas. La lucha interesada por
el poder en los planos espirituales inevitablemente produce que el alma egoísta
pierda su equilibrio espiritual y caiga tan abajo como había ascendido. Pero,
aun a estas almas, se les presenta la oportunidad de volver sobre sus pasos, y
hacen la jornada de vuelta pagando la tremenda penalidad, de acuerdo con la
invariable ley.
Para concluir, recordamos que, de acuerdo con
el principio de Correspondencia que encierra la verdad de que «Como es arriba,
es abajo; como es abajo, es arriba», todos los siete principios herméticos
están en plena operación en los diversos planos, físico, mental y espiritual.
El Principio de la Sustancia Mental se aplica, por supuesto, a todos los
planos, porque todos están en la mente del TODO. El Principio de
Correspondencia se manifiesta en todos, porque existe analogía, acuerdo,
correspondencia y concordancia entre los varios planos. El Principio de
Vibración se manifiesta también en todos los planos, pues las diferenciales que
los dividen son consecuencia de la vibración, como ya hemos explicado. El
Principio de Polaridad se manifiesta en cada plano, siendo los extremos o polos
aparentemente opuestos y contradictorios. El Principio del ritmo se manifiesta
en cada plano, con flujo y reflujo, ascenso y descenso, ingreso y egreso. El
Principio de Causa y Efecto se manifiesta en cada plano, teniendo todo efecto
su causa y toda causa su efecto. El Principio de Género se manifiesta en cada
plano, estando siempre expresada la energía creadora y operando mediante los
aspectos masculino y femenino.
«Como es arriba, es abajo; como es abajo, es
arriba». Los milenarios axiomas herméticos encierran los grandes principios de
los fenómenos universales. Conforme vayamos considerando los restantes
principios, veremos cada vez más clara la verdad de la naturaleza universal de
este gran Principio de Correspondencia.
Capítulo IX
Vibración
«Nada reposa; todo se mueve; todo vibra.»
El Kybalion.
El tercer Gran Principio Hermético —el
Principio de la Vibración— encierra la verdad de que el movimiento se
manifiesta en todo el Universo. Nada está en reposo, todo se mueve vibra y
circula. Este principio hermético fue reconocido por algunos de los primitivos
filósofos griegos, quienes lo expusieron en sus sistemas. Pero después, durante
siglos enteros, quedó olvidado, salvo por los perseguidores de las doctrinas
herméticas. En el siglo XIX la ciencia física ha redescubierto esa verdad, y
los descubrimientos científicos del siglo XX han aportado su testimonio en
corroboración de esa verdad sostenida por la antiquísima Filosofía Hermética.
La doctrina hermética no afirma solamente que
todo está en movimiento constante, sino que las diferencias entre las diversas
manifestaciones del poder universal se deben por completo al diferente modo e
intensidad vibratoria. Y no sólo esto, sino que aun el TODO mismo manifiesta
una vibración constante de tal infinita intensidad y rapidez, que prácticamente
puede considerarse como si estuviera en reposo. Los instructores llaman la
atención del estudiante sobre el hecho de que aun en el plano físico un objeto
que gire rápidamente, como una rueda, por ejemplo, parece estar inmóvil. El
espíritu es uno de los polos de la vibración, constituyendo el otro polo formas
de materia extremadamente densas. Entre ambos polos hay millones y millones de
diferentes intensidades y modos de vibración.
La ciencia moderna ha comprobado que todo lo
que llamamos materia y energía no es más que «modos de movimientos
vibratorios», y algunos de los más avanzados hombres de ciencia se están
encaminando rápidamente hacia el punto de vista que los ocultistas tienen sobre
los fenómenos de la mente: simples modos de vibración o movimiento. Veamos
ahora lo que la ciencia tiene que decir sobre las vibraciones en la materia y
en la energía.
En primer lugar, la ciencia dice que toda
materia manifiesta, en algún grado, la vibración producida por la temperatura o
el calor. Esté un objeto frío o caliente (pues ambos no son más que grados de
la misma cosa), manifiesta ciertas vibraciones calóricas, y en ese sentido está
en vibración. Todas las partículas de materia están siguiendo un movimiento
circular, lo mismo los corpúsculos que los astros. Los planetas giran en torno
de un sol, y muchos de ellos giran también sobre sus propios ejes. Los soles, a
su vez, giran en torno de puntos centrales mayores, y se cree que éstos giran
también alrededor de otros todavía más grandes, y así sucesivamente, ad infinitum.
Las moléculas de que se compone cualquier clase de materia están en constante
vibración, moviéndose unas en torno de otras, y también unas contra otras. Las
moléculas están compuestas por átomos, los que, como aquellas, también están en
constante movimiento y vibración. Los átomos están compuestos por corpúsculos,
llamados también «electrones», «iones», etc., los que también están en un
estado de rapidísima moción, girando unos en torno de otros, con diversas
modalidades vibratorias. Y de esta manera toda materia manifiesta vibración, de
acuerdo con el principio hermético correspondiente.
Y así sucede también con las diversas formas
de energía. La ciencia dice que la luz, el calor, el magnetismo y la
electricidad no son más que formas de movimiento vibratorio relacionado de alguna
manera con el éter, o probablemente emanado de él. La ciencia no ha tratado aún
de explicar la naturaleza del fenómeno conocido como cohesión, que es el
principio de la atracción molecular, ni de la afinidad química, que es el
principio de la atracción atómica; ni de la gravitación (el mayor misterio de
los tres), que es el principio de atracción por el cual toda partícula o masa
de materia se siente atraída hacia toda otra partícula o masa. Estas tres
modalidades de la energía no las comprende aún la ciencia, si bien los
estudiosos se inclinan a pensar que son también manifestaciones de alguna forma
de energía vibratoria, cosa que los herméticos han enseñado durante largas
edades en el pasado.
El éter universal, cuya existencia postula la
ciencia sin comprender claramente su naturaleza, ya había sido explicado por
los herméticos, quienes aseguraban que era una manifestación superior de lo que
erróneamente se llamaba materia; es decir, que el éter era materia en un grado
de vibración superior. El nombre que le daban era el de Sustancia Etérea, y
decían que esta sustancia era de tenuidad y elasticidad extremas, llenando el
espacio universal, sirviendo como médium de transmisión para las ondas de
energía vibratoria como el calor, la luz, la electricidad, el magnetismo, etc.
La sustancia etérea es el eslabón de unión entre la modalidad de energía
vibratoria que conocemos como materia por un lado y la que conocemos como
energía o fuerza, por el otro, manifestando además un grado de vibración, en
intensidad y modo, completamente propio.
Los hombres de ciencia proponen como ilustración
para ver los efectos del aumento de vibración una rueda girando con gran
rapidez. Supongamos primeramente que la rueda gira lentamente. Entonces
diríamos que es un «objeto». Si el objeto gira lentamente lo podremos ver
fácilmente, pero no sentimos el menor sonido. Aumentándose gradualmente la
velocidad en pocos momentos se hace ésta tan rápida que comienza a oírse una
nota muy baja y grave. Conforme sigue aumentando la velocidad la nota se va
elevando en la escala musical, y así se van distinguiendo unas tras otras las
diversas notas conforme aumenta la velocidad de rotación. Finalmente, cuando el
movimiento ha llegado a cierto límite se llega a la última nota perceptible por
el oído humano, y si la velocidad aumenta aún, sigue el mayor silencio.
Nada se oye ya, pues la intensidad del
movimiento es tan alta que el oído humano no puede registrar sus vibraciones.
Entonces comienzan a percibirse poco a poco sucesivos grados de color. Después
de un tiempo el ojo comienza a percibir un oscuro color rojo. Este rojo va
haciéndose cada vez más brillante. Si la velocidad sigue aumentando el rojo se
convertirá en anaranjado, el anaranjado en amarillo. Después seguirán
sucesivamente matices verdes, azules y añil, y finalmente aparecerá el matiz
violeta. La velocidad se acrecienta más aún: entonces desaparece todo color,
porque el ojo humano ya no puede registrarlos. Pero ciertas radiaciones humanas
emanan del objeto en revolución: los rayos que se usan en la fotografía y otras
radiaciones sutiles de la luz.
Después comienzan a manifestarse los rayos
conocidos bajo el nombre de X, y más tarde empiezan a emanarse electricidad y
magnetismo.
Cuando el objeto ha alcanzado cierto grado de
vibración, sus moléculas se desintegran, resolviéndose en sus elementos
originales o átomos. Después de los átomos, según el principio de vibración, se
separarían en innumerables corpúsculos o electrones, de los que están
compuestos. Y, finalmente, hasta los corpúsculos desaparecerían y podría
decirse que el objeto estaría compuesto por sustancia etérea. La ciencia no se
atreve a llevar la ilustración más allá, pero los herméticos dicen que si las
vibraciones continuaran aumentando el objeto pasaría sucesivamente por estados
de manifestación superiores, llegando al plano mental y después al espiritual,
hasta ser por último absorbido en el TODO QUE ES EL Espíritu Absoluto. El
«objeto», sin embargo, habría dejado de ser tal mucho antes de llegar a la
sustancia etérea, pero de todas maneras la ilustración es correcta en cuanto
demuestra los efectos del aumento continuo de la intensidad vibratoria. Debe
recordarse que en la ilustración anterior, con el llegar a los estados en que
el objeto irradia color, luz, etc., no se ha resuelto aún la cuestión en esas
formas de energía (que están en un grado mucho más elevado), sino que
simplemente llega a un grado de vibración en el que esas energías se libertan
hasta cierto punto de las limitadoras influencias de las moléculas, átomos y
corpúsculos. Esas energías, si bien son muy superiores en la escala a la materia,
están aprisionadas y confinadas en las combinaciones materiales, en razón de
las fuerzas que se manifiestan a través de ellas, y empleando formas
materiales, y de esta manera se confinan en sus creaciones corpóreas, lo que,
hasta cierto punto, es cierto en toda creación, quedando la fuerza creadora
envuelta en su propia creación.
Pero la doctrina hermética va mucho más allá
que la ciencia moderna, y afirma que toda manifestación de pensamiento,
emoción, razón, voluntad, deseo o cualquier otro estado mental, va acompañada
por vibraciones, parte de las cuales se emanan al exterior y tienden a afectar
las mentes de los demás por «inducción». Esta es la causa de la telepatía, de
la influencia mental y de otros efectos del poder de una mente sobre otra, la
que ya va siendo de dominio público, debido a la gran cantidad de obras de
ocultismo que están publicando discípulos e instructores sobre estas materias.
Cada pensamiento, emoción o estado mental
tiene en su correspondiente intensidad y modalidad vibratoria. Y, otras, esos
estados mentales pueden ser reproducidos, así como una nota musical puede ser
reproducida haciendo vibrar las cuerdas de un instrumento con la velocidad
requerida, o como se puede reproducir un color cualquiera. Conociendo el
Principio de Vibración, aplicado a los fenómenos mentales, uno puede polarizar
su mente en el grado que quiera, obteniendo así un perfecto dominio y contralor
sobre sus estados mentales. De la misma manera, podrá afectar las mentes de los
demás, produciendo en ellos los requeridos estados mentales. En una palabra,
podrá producir en el Plano Mental lo que la ciencia produce en el físico, o sea
las vibraciones a voluntad. Este poder, por supuesto, puede adquirirse
únicamente mediante las instrucciones, ejercicios y prácticas apropiadas,
siendo la ciencia que las enseña, la de la «transmutación mental», una de la
rama de la Filosofía Hermética.
Un poco de reflexión sobre lo que hemos dicho
mostrará que el Principio de Vibración está oculto tras todos los maravillosos
fenómenos de los poderes manifestados por los Maestros y Adeptos, quienes
pueden aparentemente eludir las leyes de la Naturaleza, pero que, realmente, no
hacen más que emplear una ley contra otra, un principio contra otros, y que
llevan a cabo sus resultados modificando las vibraciones de las cosas
materiales o de las energías, realizando así lo que comúnmente llamamos
milagros.
Como dijo una de las más antiguas autoridades
herméticas: «Aquel que ha comprendido el Principio de Vibración, ha alcanzado
el cetro del Poder».
Capítulo X
Polaridad
«Todo es dual, todo tiene polos; todo su par de
opuestos; los semejantes y desemejantes son los mismos; los opuestos son
idénticos en naturaleza, difiriendo sólo en grado; los extremos se tocan; todas
las verdades, son medias verdades, todas las paradojas pueden reconciliarse.»
El Kybalion.
El Cuarto Gran Principio Hermético —el
Principio de polaridad— encierra la verdad de que todas las cosas manifestadas
tienen dos lados, dos aspectos, dos polos; un par de opuestos con innumerables
grados entre ambos extremos. Las antiguas paradojas, que siempre han confundido
la mente de los hombres, quedan explicadas si se comprende este principio. El
hombre siempre ha reconocido algo semejante a este principio y ha tratado de
expresarlas con dichos, máximas o aforismos como los siguientes: «Todo es y no
es al mismo tiempo»; «todas las verdades no son más que medias‑verdades»; «toda
verdad es medio‑falsa»; «Todas las cosas tienen dos lados»; «siempre hay un
reverso para cada anverso», etc.
Las enseñanzas herméticas opinan sobre la
diferencia que existe entre cosas aparentemente opuestas diametralmente, que es
sólo cuestión de grado. Y afirma que todo par de opuestos puede conciliarse y
que la tesis y la antítesis son idénticas en naturaleza, difiriendo sólo en
grado. La conciliación universal de los opuestos se efectúa reconociendo este
Principio de Polaridad. Ejemplo de este principio pueden encontrarse en todas
partes, después de un examen de la naturaleza real de las cosas.
El espíritu y la materia no son más que polos
de las mismas cosas, siendo los planos intermediarios cuestión de grados
vibratorios meramente. El TODO y los muchos son los mismos, residiendo la
diferencia solamente en el grado de manifestación mental. De manera, pues, que
la LEY y las leyes son los dos polos de una sola y misma cosa. E igual sucede
con el PRINCIPIO y los principios, con la MENTE infinita y la mente finita.
Si pasamos al plano físico encontramos que el
Calor y el Frío son de naturaleza idéntica, siendo la diferencia simple
cuestión de grados. El termómetro indica los grados de temperatura, siendo el
polo inferior el llamado «frío» y el superior «calor». Entre ambos hay muchos
grados de calor y frío, pues cualquier nombre que se les dé es correcto. De dos
grados, el superior es siempre más caliente en comparación con el inferior, que
es más frío. No hay absolutamente un tipo fijo: todo es cuestión de grado. No
hay ningún sitio en el termómetro en el que cese el calor y comience el frío
absolutamente. Todo se reduce a vibraciones más o menos elevadas o bajas. Las
mismas palabras «elevado» y «bajo» que nos vemos obligados a usar, no son más
que polos de la misma cosa: los términos son relativos. Así sucede igualmente
con el «Este» y el «Oeste». Si viajamos alrededor del mundo en dirección al
oriente, llegaremos a un punto que se llama occidente, considerándolo desde el
punto de partida. Marchemos suficientemente lejos hacia el Norte y pronto nos
encontraremos viajando hacia el sur y viceversa.
La Luz y la oscuridad son polos de la misma
cosa, con muchos grados entre ambos. La escala musical es la misma. Partiendo
del sí en adelante llegaremos a encontrar otro sí y así sucesivamente, siendo
las diferencias entre los extremos también cuestión de grados. En la escala del
color sucede otro tanto, siendo la intensidad vibratoria la única diferencia
que existe entre el rojo y el violeta. Lo grande y lo pequeño son cosas
relativas. Igualmente lo es el ruido y la quietud, lo duro y lo blando, lo
afilado y lo romo. Positivo y negativo son los dos polos de una misma cosa, con
innumerables gradaciones entre ambos.
Bueno y malo no son cosas absolutas; A un
extremo lo llamamos bueno y al otro malo, o Bien al uno y Mal al otro, de
acuerdo con el sentido que queramos darle. Una cosa es menos buena que la que
le es superior en la escala, pero esa cosa menos buena, a su vez, es mejor
comparada con la que tenga el más o el menos regido por la posición que tenga
en la escala.
Igual cosa sucede en el plano mental. El amor
y el odio son considerados como diametralmente opuestos, completamente
diferentes e irreconciliables. Pero si aplicamos el Principio de Polaridad,
encontraremos que no existe un amor absoluto o un odio absoluto, diferentes uno
de otro. Los dos no son más que términos aplicados a los dos polos de la misma
cosa. Empezando en cualquier punto de la escala, encontramos «más amor» o
«menos odio», si ascendemos por ella, o «menos amor» si por ella descendemos, y
esto es cierto, sin importar nada el punto, alto y bajo, que tomemos como
partida.
Hay muchos grados de amor y de odio, y existe
también un punto medio donde el agrado y el desagrado se mezclan en tal forma
que es imposible distinguirlos. El valor y el miedo quedan también bajo la
misma regla. Los pares de opuestos existen por doquier. Donde encontremos una
cosa, encontraremos también su opuesta: los dos polos.
Este hecho es el que permite al hermético
transmutar un estado mental en otro, siguiendo las líneas de polarización. Las
cosas de diferente clase no pueden transmutarse unas en otras, pero sí las de
igual clase. Así, pues, el Amor no podrá convertirse en Este u Oeste, o Rojo o
Violeta, pero puede tornarse en Odio, e igualmente el Odio puede tornarse en
Amor cambiando su polaridad. El valor puede transmutarse en miedo y viceversa.
Las cosas duras pueden tornarse blandas, las calientes, frías, y así
sucesivamente, efectuándose siempre la transmutación entre cosas de la misma
clase, pero de grado diferente. Tratándose de un hombre cobarde, si se elevan
sus vibraciones mentales a lo largo de la línea Miedo-valor, se llenará de
valentía y desprecio por el peligro. E igualmente el perezoso puede hacerse
activo y enérgico, polarizándose simplemente a lo largo de las líneas de la
deseada cualidad.
Los discípulos familiarizados con los
procedimientos mediante los cuales producen las diversas escuelas de ciencia
mental cambios en los estados mentales de sus seguidores, quizás, no comprendan
fácilmente cuál es el principio que se oculta tras esos cambios. Pero, no
obstante, una vez que se ha entendido el Principio de Polaridad, se ve
inmediatamente que esos cambios mentales son ocasionados por un cambio de
polaridad, por un deslizamiento a lo largo de la misma escala. Este cambio no
es de la naturaleza de transmutar una cosa en otra completamente diferente,
sino que se reduce a un simple cambio de grado de la misma cosa, lo que es una
diferencia importantísima. Por ejemplo, y sacando un ejemplo del Mundo Físico,
es imposible cambiar el calor en agudeza o filosidad, pesadez, elevación, etc.,
pero puede ser fácilmente transmutado en frío, con sólo amortiguar la
vibración. De la misma manera el odio y el amor son recíprocamente
transmutables, así como el miedo y el valor. Pero el Miedo no puede
transformarse en Amor, ni el Valor en Odio. Los estados mentales pertenecen a
innumerables clases, cada una de las cuales tienen sus polos opuestos, a lo
largo de los cuales es posible la transmutación.
Se comprenderá fácilmente que, tanto en los
estados mentales como en los fenómenos del plano físico, los dos polos pueden
ser clasificados como positivo y negativo, respectivamente. Así, pues, el amor
es positivo respecto al odio; el valor respecto al miedo; la actividad respecto
de la inercia, etc. Y también se notará, aun desconociendo el principio de
vibración, que el polo positivo parece ser de grado superior que el negativo,
pudiendo aquel dominar fácilmente a este. La tendencia de la Naturaleza es en
dirección a la actividad dominante del polo positivo.
Además del cambio de los polos de los propios
estados mentales mediante la aplicación del arte de la polarización, el
fenómeno de la influencia mental, en sus múltiples fases, demuestra que el
principio puede extenderse hasta abarcar los fenómenos de la influencia de una
mente sobre otra, de lo que tanto ha sido escrito en los últimos años. Cuando
se comprende que la inducción mental es posible, esto es, que los estados
mentales pueden producirse por inducción de los demás, entonces se verá como
puede comunicarse a otra cierta clase de vibración o polaridad, cambiándose así
la polarización de la mente entera. La mayoría de los resultados obtenidos
mediante los «tratamientos mentales» se obtienen según ese principio. Por
ejemplo, una persona está triste, melancólica y temerosa. Un científico de la
mente eleva su propia mentalidad al deseado grado de vibración, mediante su
voluntad previamente ejercitada, y de esta manera obtiene la polarización
requerida en su propia mentalidad. Entonces por inducción, produce un estado
mental análogo en el otro, siendo el resultado que las vibraciones de éste se
intensifican y el paciente se polariza hacia el polo positivo de la escala, en
vez de polarizarse hacia el negativo, y sus temores, melancolía, etc., se
transforman en valor, contento y parecidos estados internos. Un poco de
meditación sobre el asunto demostrará que esos cambios mentales se efectúan
casi todos a lo largo de las líneas de polarización, siendo el cambio más bien
cuestión que de clase.
El conocimiento de este gran principio
hermético permitirá comprender mejor los propios estados mentales, así como los
de los demás. Y se verá que esos estados son puramente cuestión de grados, y al
comprobar el hecho podrá elevar las vibraciones interiores a voluntad,
cambiando su polaridad, haciéndose dueño de sus pensamientos, en vez de ser su
esclavo y servidor. Este conocimiento le permitirá además ayudar a otros
inteligentemente, cambiando, mediante los métodos apropiados, su polaridad. Es
muy conveniente familiarizarse con este principio, porque su comprensión correcta
arrojará muchísima luz sobre problemas difíciles y oscuros.
Capítulo XI
Ritmo
«Todo fluye y refluye, todo asciende y desciende;
la oscilación pendular se manifiesta en todas las cosas; la medida del
movimiento hacia la derecha es la misma que el de la oscilación a la izquierda;
el Ritmo es la compensación.»
El Kybalion.
El Quinto Gran Principio Hermético —El
Principio del Ritmo— encierra la verdad de que en todos se manifiesta una
oscilación medida, movimiento de ida y vuelta, un flujo y reflujo, un movimiento
semejante al del péndulo, una marea con suba y baja, manifestándose siempre entre
los dos polos los planos físico, mental y espiritual. El principio del Ritmo
está estrechamente relacionado con el principio de polaridad, descrito en el
capítulo anterior. El ritmo se manifiesta entre los dos polos establecidos por
el principio de polaridad. Esto no significa, sin embargo, que la oscilación
rítmica vaya hasta los extremos de cada polo, pues esto sucede rarísimas veces.
En realidad, es muy difícil establecer los opuestos polares extremos en la
mayoría de los casos.
Pero la oscilación es siempre «hacia» un polo
primero, y después «hacia» el otro.
Siempre hay una acción y una reacción, un
avance y un retroceso, una elevación y una caída, manifestándose en todas las
cosas y fenómenos del universo. Moles, mundos, hombres, animales, vegetales,
minerales, energías, fuerzas, mente, y materia, y hasta el mismo espíritu
manifiestan este principio. El principio se manifiesta en la creación y
destrucción de los mundos, en la elevación y caída de las naciones, en la
historia de la vida de todas las cosas y, finalmente, en los estados mentales
del hombre.
Empezando por las manifestaciones del Espíritu
—el TODO— se verá que siempre hay una Emanación, seguida de Absorción, «la
respiración y la aspiración de Brahma», según dicen los brahmines. Los universos
se crean, alcanzan el punto más bajo de maternidad y entonces comienzan la
oscilación de vuelta. Los soles nacen, alcanzan la cumbre de su poder, empieza
el progreso de su retrogresión y después de eones sin cuento se convierten en
muertas masas de materia, esperando otro impulso que imparta en ellos nuevas
energías internas y que los lleve a un nuevo ciclo de vida solar. Y así sucede
con todos los mundos: nacen, crecen y mueren, sólo para renacer de nuevo. E
igualmente sucede con todas las cosas de cuerpo o forma: oscilan de la acción a
la reacción, del nacimiento a la muerte, de la actividad a la inactividad, y de
nuevo comienza el ciclo. Lo mismo pasa con todos los grandes movimientos
filosóficos, credos de cualquier clase, gobiernos, naciones, etc.: nacen,
crecen, llegan a su madurez, decaen, mueren, sólo para renacer de nuevo.
La oscilación pendular es evidente por
doquiera.
La noche sigue al día y el día a la noche. El
péndulo oscila del verano al invierno y de éste a aquél. Los corpúsculos,
átomos y moléculas y todas las masas de materia, oscilan en torno del círculo
que corresponde a su naturaleza. No hay tal reposo absoluto o cesación de
movimiento. Todo movimiento participa del Ritmo. Este principio es de
aplicación universal. Puede ser aplicado a cualquier cuestión o fenómeno de las
muchas fases de la vida. Puede aplicarse a todas las fases de la humana
actividad. Siempre existe la oscilación rítmica de un polo a otro. El Péndulo
Universal está siempre en movimiento. Las mareas de la vida fluyen y refluyen
de acuerdo con la Ley.
La ciencia moderna reconoce el principio del
Ritmo, y lo considera de aplicación universal en cuanto se refiere a las cosas
materiales. Pero los herméticos llevan el principio mucho más allá y saben que
sus manifestaciones se extienden a las actividades mentales del hombre, y que
él solo explica la gran sucesión de sus modalidades, sentimientos y otros
cambios contundentes que notamos en nosotros mismos. Pero los herméticos, al
estudiar la operación de este principio, han descubierto el modo de substraerse
a las actividades mediante la Transmutación.
Los Maestros Herméticos descubrieron que en
tanto que el principio del Ritmo era invariable, y evidente en todos los
fenómenos mentales, había dos planos de manifestación en lo que a los fenómenos
mentales concernía. Descubrieron que había dos planos generales de conciencia,
el Inferior y el Superior, y este descubrimiento les permitió elevarse al plano
superior, escapando a la oscilación del péndulo rítmico, que se manifestaba en el
plano inferior. En otras palabras, la oscilación del péndulo se produce en el
plano inconsciente y la conciencia no queda, por consiguiente, afectada. A esta
ley la llamaron la Ley de la Neutralización. Su operación consiste en elevar al
Ego sobre las vibraciones del plano inconsciente de la actividad mental, de
manera que la oscilación negativa del péndulo no se manifieste en la conciencia
y no quede uno afectado por ella. Es lo mismo que levantarse por encima de una
cosa y dejar que pase esta por debajo de uno. El instructor o discípulo
hermético se polariza a sí mismo en el polo requerido, y por un procedimiento
semejante a «rehusar» el participar en la oscilación retrógrada, o si se
prefiere, «negando» su influencia sobre él, se mantiene firmemente en su
posición polarizada, y permite al péndulo mental oscilar hacia atrás en el
plano inconsciente. Todo hombre, que en mayor o menor grado, ha adquirido
cierto dominio de sí mismo, realiza esto más o menos conscientemente,
impidiendo que sus modalidades o estados mentales negativos lo afecten,
mediante la aplicación de la ley de la neutralización. El maestro, sin embargo,
lleva esto hasta un grado muchísimo mayor de eficacia y proficiencia, y,
mediante su voluntad, llega a un grado de equilibrio e inflexibilidad mental
casi imposible de concebir por aquellos que se dejan llevar y traer por el
péndulo mental de sus sentimientos y modalidades.
Todo pensador apreciará debidamente la gran
importancia del asunto con sólo considerar lo esclavo que, en su mayoría, la
gente es de su propio estado de ánimo, sentimientos y emociones y el poco
dominio de sí mismo que tienen. A poco que se medite el asunto se comprenderá
cuanto nos han afectado en nuestra vida esas oscilaciones del ritmo; como a un
período de entusiasmo ha seguido un correspondiente período de depresión.
Igualmente, tenemos períodos de valor, que son
seguidos de períodos de desaliento y miedo. Y así sucede con todos o la mayoría
por lo menos: marea de sentimientos y emociones se elevan y caen, pero nunca sospechan
la causa de ese fenómeno. Si se comprende la operación de este principio, se
obtendrá la clave para dominar esas oscilaciones y uno podrá conocerse a sí
mismo mucho mejor, evitando además el dejarse llevar por esos flujos y
reflujos. La voluntad es muy superior a la manifestación consciente de este
principio, por más que el principio mismo nunca puede ser destruido. Podremos
sustraernos a sus efectos, pero, no obstante, el principio obrará. El péndulo
siempre oscila, si bien podemos evitar el ser arrastrados por su oscilación.
Existen, además, otras particularidades en la
operación de este Principio del Ritmo, de las que vamos a hablar ahora. Dentro
de su operación entra lo que se conoce como ley de compensación. Una de las
definiciones o significados de la palabra compensación es «contrabalancear»,
«equilibrar», y en este sentido se emplea dicho término en la Filosofía
Hermética. A esta ley de compensación se refiere El Kybalion cuando
dice: «La medida de la oscilación hacia la derecha es la misma que la de la
oscilación a la izquierda; el ritmo es la compensación».
La ley de compensación es la que hace que la
oscilación en una dirección determine otra oscilación en sentido contrario, y
así se equilibran mutuamente. En el Plano Físico vemos muchos ejemplos de esta
ley. El péndulo de un reloj oscila hasta cierto punto hacia la derecha y de
allí vuelve a oscilar hacia la izquierda otro tanto. Las estaciones se
equilibran unas a otras de la misma manera. Las mareas obedecen a la misma ley.
Y la misma ley se manifiesta en todos los fenómenos del Ritmo. El péndulo que
sólo hace una oscilación corta hacia la derecha, hace otra oscilación corta
hacia la izquierda. Si la oscilación hacia la derecha es grande, la oscilación
hacia la izquierda lo es igualmente, un objeto cualquiera arrojado hacia
arriba, tiene que recorrer exactamente el mismo camino de vuelta. La fuerza con
que se lanza un proyectil hacia arriba se reproduce cuando el proyectil vuelve
a la tierra. Esta ley es constante en el Plano Físico, como cualquier
referencia a la mayor autoridad científica lo corroborará.
Pero el hermético lo lleva aún más allá. Y
afirma que los estados mentales están sujetos a la misma ley. El hombre capaz
de gozar agudamente, es también capaz de sufrir en igual grado. El que sólo es
capaz de escaso dolor, tampoco puede gozar más que escaso placer. El cerdo
sufre mentalmente muy poco; pero, en cambio, tampoco puede gozar gran cosa:
está compensado. Por otra parte, hay animales que gozan extraordinariamente,
pero también su sistema nervioso y temperamento los hacen sufrir extremos
grados de dolor. Igualmente sucede con el hombre. Hay temperamentos que sólo
son capaces de muy poco goce, pero entonces sólo existe, como compensación, una
capacidad para soportar muy poco dolor, en tanto que otros hombres pueden gozar
intensamente sufren en igual grado. La regla es que la capacidad para el placer
y el dolor en cada individuo está equilibrada. La ley de compensación opera
ampliamente aquí también.
Pero el hermético va más allá aún en esta
materia, y afirma que antes de que uno pueda gozar de cierto grado de placer es
necesario que haya oscilado proporcionalmente otro tanto hacia el otro polo del
sentimiento o sensación. El negativo en esta materia precede al positivo; es
decir, que al experimentar cierto grado de placer no se seguirá que «haya que
pagarlo» con un correspondiente grado de dolor; por el contrario, el placer es
la oscilación rítmica, de acuerdo con la ley de compensación, originada por un
grado de dolor experimentado previamente, bien en la vida actual o en encarnaciones
anteriores. Y esto arroja una nueva luz sobre el problema del dolor.
Los herméticos consideran la cadena de vidas
como continua, como simples puertas de una sola vida del individuo, de suerte
que la oscilación rítmica es considerada en esta forma, mientras que no tendría
significado alguno si no se admitiera la doctrina de la reencarnación.
Pero, además, el hermético sostiene que el
maestro o el discípulo avanzado es capaz, en grado superlativo, de rehuir la
oscilación hacia el dolor, realizando el proceso de neutralización a que aludiéramos
anteriormente. Ascendiendo al plano superior del Ego, se evitan muchas de las
experiencias que llegan a los que habitan en planos inferiores.
La ley de compensación desempeña una parte
importante en la vida de los hombres, pues se verá que uno generalmente paga el
precio de lo que tiene o le falta. Si se posee una cosa, falta otra, y así se
equilibra la balanza. Nadie puede guardarse su centavo y tener al mismo tiempo la
torta, todo tiene su lado agradable y desagradable. Las cosas que uno obtiene
siempre las paga con las que pierde. El rico posee mucho de lo que al pobre le
falta, mientras que el pobre posee cosas que frecuentemente están fuera del
alcance del rico. El millonario que gusta de los festines, y que tiene la fortuna
necesaria para satisfacer sus deseos y asegurarse la satisfacción de su gula,
carece del apetito necesario para gustarlos, y envidia el apetito y la
digestión del obrero a quien le falta la fortuna y la inclinación del
millonario, gozando más de su sencillo alimento que el millonario sin apetito y
con el estómago arruinado. Y así sucede con todo en la vida. La ley de
compensación está siempre obrando, equilibrando y contrabalanceando las cosas continuamente,
en la sucesión del tiempo, aunque la oscilación del ritmo tarde vidas enteras.
Capítulo XII
Causalidad
«Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su
causa; todo ocurre de acuerdo con la ley. Azar no es más que el nombre que se
le da a la ley no reconocida; hay muchos planos de causalidad, pero ninguno
escapa a la ley.»
El Kybalion.
EL Sexto Gran Principio Hermético —el
principio de Causa y Efecto— encierra la verdad de que nada sucede casualmente;
que la casualidad es sólo un término que indica la existencia de una causa no
reconocida o percibida; que el fenómeno es continuo, sin soluciones de
continuidad.
El Principio de Causa y Efecto está tras todo
pensamiento científico, antiguo o moderno, y fue enunciado por los Instructores
Herméticos de los tiempos primitivos.
Y si bien han surgido muchas discusiones y
disputas entre las varias escuelas de pensamiento, esas disputas han versado
especialmente sobre los detalles de la operación del citado principio, y
también sobre el significado de determinadas palabras. El inmanente principio
de Causa y Efecto ha sido aceptado como correcto por todos los pensadores del
mundo que merecen realmente tal calificativo. Pensar de otra manera sería sacar
el fenómeno del universo del dominio de la ley y del orden, relegándolo a ese
algo imaginario al que el hombre ha dado el nombre de casualidad.
Un poco de meditación evidenciaría que no
existe absolutamente tal casualidad. Webster define la palabra casualidad
diciendo que: «es un supuesto agente o modo de actividad diferente de una
fuerza, ley o propósito; la operación o actividad de dicho agente; el efecto
supuesto de tal agente; un suceso, una cosa fortuita, una casualidad, etc.».
Pero un poco de meditación demostrará que no puede existir dicho agente casual,
en el sentido de algo externo y fuera de la ley, algo aparte de la causa y del
efecto.
¿Cómo podría existir algo actuando en el
universo fenomenal, independiente de las leyes, del orden y de la continuidad
del último? Tal agente sería algo completamente independiente del tren
coordinado del universo, y, por consiguiente, sería superior a él. No podemos
imaginar nada fuera del TODO, más allá de la ley, y esto porque el TODO es
precisamente la ley en sí mismo. No hay sitio en el universo para nada externo
o independiente de la ley. La existencia de algo semejante convertiría a todas
las leyes naturales en inefectivas, y sumergiría al universo todo en el
desorden más caótico.
Un examen cuidadoso demostrará que lo que
llamamos casualidad es meramente una expresión concerniente a causas oscuras,
causas que no podemos percibir, causas que no podemos comprender. La palabra
casualidad se deriva de una frase que significa «echar los dados», siendo la
idea encerrada que la caída es meramente una ocurrencia, sin relación con causa
alguna. Y en este sentido suele emplearse la palabra en cuestión. Pero cuando
se examina el asunto detalladamente se verá que no hay tal casualidad
absolutamente en la caída de un dado. Cada vez que cae el dado mostrando cierto
número, obedece a una ley tan infalible como la que gobierna la revolución de
los planetas en torno del Sol. Tras la caída del dado existen causas, o cadenas
de causas, eslabones en ininterrumpida sucesión, hasta donde la mente no puede
alcanzar. La posición del dado en la caja, la suma de energía muscular empleada
al arrojarlo, el estado de la mesa, etc., son otras tantas causas cuyo efecto
puede verse. Pero, tras éstas, hay encadenamiento de causas invisibles precedentes,
todas las cuales obran sobre el número que el dado debe mostrar en su cara
superior.
Si se arrojan los dados un gran número de
veces, se verá que los puntos marcados son casi iguales, esto es, que habrá
igual número de unos, de dos, etc. Arrójese una moneda al aire, y al caer dará
cara o cruz. Pero si se arroja un número de veces suficiente, las caras y las
cruces se igualarán. Pero todo cae bajo la operación de la Ley de Causa y
Efecto, y si pudiéramos examinar todo el eslabonamiento de causas veríamos
claramente que era sencillamente imposible que el dado cayera en otra forma que
en la que cayó, bajo las mismas circunstancias y al mismo tiempo. Siendo las
mismas causas, se produce siempre el mismo resultado. Toda ocurrencia tiene su
causa y su porqué. Nada ocurre sin causa, o, mejor dicho, sin una cadena de
causas.
Al considerar este principio muchos se quedan
confusos, porque no pueden explicar como una cosa puede ser causa de otra, esto
es, ser la primera creadora de la segunda. En realidad, ninguna cosa puede
producir o crear otra. La causa y el efecto residen meramente en los sucesos.
Un suceso o acontecimiento es lo que viene, llega u ocurre como consecuencia o
resultado de un acontecimiento o evento anterior. Ningún acontecimiento crea
otro, sino que no es nada más que el eslabón precedente en la gran cadena
coordenada de sucesos que fluyen de la energía creadora del TODO. Hay una
continuidad de solución entre todos los acontecimientos precedentes,
consecuentes y subsecuentes. Existe siempre una relación entre todo lo que ha
pasado y todo lo que sigue. Una piedra se desprende de la montaña y se aplasta
contra el tejado de una granja situada en el valle vecino. A primera vista
parece obra de la casualidad; pero si se examina la materia se encontrará una
gran cadena de causas tras ese acontecimiento. En primer lugar estaba la lluvia
que ablandó la tierra que sostenía a la piedra, permitiéndole así caer; antes
de esa causa estaba la influencia precedente del Sol y de otras lluvias, las
que gradualmente fueron desintegrando la piedra de la roca; antes aún, estaban
las causas que contribuyeron o produjeron la formación de la montaña y su
elevación sucesiva por medio de las convulsiones de la Naturaleza, y así ad
infinitum.
Además podemos revisar las causas de la
lluvia, podemos considerar la existencia del tejado. En una palabra, pronto nos
encontraríamos envueltos en un laberinto de causas y efectos del que pronto
tendríamos que luchar para escaparnos.
Así como un hombre tiene dos padres y cuatro
abuelos y ocho bisabuelos, y dieciséis tatarabuelos y así sucesivamente, de
manera que al cabo de cuarenta generaciones se calcula el número de antecesores
en muchos millones, así también suceden con el número de causas que subyacen
tras el suceso o fenómeno más nimio, tal como el paso de un liviano trocito de
carbón llevado por el viento. No es nada fácil seguir la pista de esa partícula
de hollín hasta los primitivos períodos de la historia del mundo, cuando
formaba parte de un macizo tronco, que más tarde se convirtió en carbón, y así
sucesivamente, hasta el momento en que pasaba volando ante nosotros en busca de
otras muchas aventuras. Y una poderosísima cadena de acontecimientos, de causas
y efectos, la llevó hasta su actual condición, y ésta no es más que uno de los
tantos sucesos de la cadena, y que seguirán produciendo más y más eventos
durante centenares y centenares de años a contar desde ahora. Una de las series
de acontecimientos originados por esa partícula de hollín flotante ha sido el
escribir estas líneas, lo que ha obligado a un tipógrafo a realizar cierto
trabajo; esto despertará en vuestras mentes ciertos pensamientos, así como en
las de los demás, los que a su vez afectarán a otros, y así sucesivamente,
hasta donde la mente no puede alcanzar, y todo por el simplismo vuelito de una
partícula de hollín, todo lo cual muestra la relatividad y asociación de las
cosas y la deducción consiguiente de que nada hay grande ni pequeño en la mente
que todo lo creó.
Meditemos un momento. Si cierto hombre no
hubiera encontrado a cierta mujer en la obscura Edad de Piedra, vos, que estáis
ahora leyendo estas líneas, no estaríais ahora aquí. Y si, quizá, la misma
pareja no se hubiera encontrado, los que escribimos estas líneas tampoco
estaríamos aquí. Y el mismo hecho de que nosotros, por nuestra parte,
escribamos, y de que vos leáis por la vuestra, afectará no solamente nuestras
propias vidas, sino que también tendrá un efecto directo o indirecto sobre
muchas otras personas que viven actualmente o que vivirán en las edades por
venir. Todo pensamiento generado en nuestra mente, todo acto realizado, tiene
sus resultados directos e indirectos, que se eslabonan coordinadamente en la
gran cadena de Causas y Efectos.
No deseamos entrar a discutir sobre el libre
albedrío y el determinismo, en esta obra, por múltiples razones. Entre otras
muchas, la principal es que ningún lado del asunto es completamente exacto,
siendo en realidad ambos parcialmente verdad, de acuerdo con las enseñanzas
herméticas. El Principio de Polaridad demuestra que ambos aspectos son medias‑verdades:
los opuestos polos de la verdad. La verdad es que el hombre puede ser a la vez
libre y limitado por la necesidad, dependiendo todo del significado de los
términos y de la altura de la verdad desde la cual se examine el asunto. Los
antiguos escritores expresaban el punto diciendo que: «Cuanto más lejana está
la creación del Centro, tanto más limitada está. Cuanto más próxima está del
Centro, tanto más libre está».
Los hombres en su mayoría, son más o menos
esclavos de la herencia, del medio ambiente, etc., y manifiestan muy poco libre
albedrío. Se ven arrastrados por las opiniones, costumbres y pensamientos del
mundo externo, así como también por sus emociones, sentimientos y modalidades.
No manifiestan el menor dominio de sí mismo que merezca ese nombre. Y con
indignación rechazan esa afirmación diciendo: «Yo puedo obrar ciertamente con
plena libertad y hacer lo que se me dé la gana; hago precisamente lo que quiero
hacer». Pero no pueden explicar por qué o de donde viene el «necesito» y me
«gusta». ¿Qué es lo que les hace querer una cosa con preferencia a otra? ¿Qué
es lo que les hace «gustar» una cosa y no otra? ¿No hay ninguna «razón» para
sus «gustos» y «necesidades»? El maestro puede transformar los «agrados y
«necesidades» en otros en el extremo opuesto de su polo mental. Puede y tiene
la capacidad de «querer, querer» en vez de querer porque algún sentimiento,
modalidad, emoción o sugestión del medio ambiente despierte en él una tendencia
o deseo de hacer tal o cual cosa.
La mayoría de los hombres es arrastrada como
si fuera una piedra, obedeciendo al medio ambiente, a las influencias externas
y a las modalidades, deseos y emociones internas, etc., por no hablar de los
deseos y voluntades de los demás que son más fuertes. La herencia, el medio
ambiente y las sugestiones los arrastran sin la menor resistencia por su parte,
sin que ejerciten en modo alguno su voluntad. Movidos como las fichas en el
tablero de ajedrez de la vida, desempeñan su parte y se quedan a un lado
después del juego. Pero los Maestros, que conocen las reglas del juego, se
elevan por encima del plano de la vida material, y colocándose en contacto con
los poderes superiores de sus naturalezas dominan sus propias modalidades,
caracteres, cualidades y polaridades, así como el medio ambiente que los rodee,
haciéndose en esta forma directores del juego en vez de meras fichas: Causas en
vez de Efectos. Los Maestros no se libran de la causalidad en los planos
superiores, sino que están bajo el contralor de esas más elevadas leyes, y
haciendo uso de éstas se hacen dueños de las circunstancias en los planos
inferiores. De esta manera forman una parte consciente de la Ley, en vez de ser
sus ciegos instrumentos. Mientras obedecen y sirven en los Planos Superiores,
dominan y son dueños del plano material.
Pero, tanto arriba como abajo, la Ley está
siempre en operación. No existe tal casualidad o azar. La ciega diosa ha sido
abolida por la razón. Ahora podemos ver, con ojos iluminados por el conocimiento,
que todo está gobernado por la ley universal y que el infinito número de leyes
no es más que manifestaciones de la Única Gran Ley: la Ley que es el TODO. Es,
pues, muy cierto que ni siquiera un gorrión deja de estar presente en la Mente del
TODO, que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, según dicen las
escrituras. Nada hay fuera de la ley; nada ocurre en contra de ella. Pero, a
pesar de ello, no se vaya a caer en el error de que el hombre es un autómata
ciego, al contrario. La doctrina hermética dice que el hombre puede emplear la
Ley contra las leyes, que lo superior siempre prevalecerá contra lo inferior,
hasta que el hombre haya alcanzado aquel estado en el que buscará refugio en la
LEY misma y podrá evadirse de todas las leyes fenomenales. ¿Se puede comprender
el significado íntimo, interno, de esto?.
Capítulo XIII
Género
«El género está en todo, todo tiene su principio
masculino y femenino; el género se manifiesta en todos los planos.»
El Kybalion.
EL Séptimo Gran Principio Hermético —el
Principio de Género— encierra la verdad de que el género se manifiesta en todas
las cosas, de que los principios masculinos y femeninos están siempre presentes
en plena actividad en todos los fenómenos y en cada uno de los planos de la
vida. En este punto es bueno llamar la atención sobre el hecho de que el
Género, en su sentido hermético, y el sexo, en la acepción ordinariamente
aceptada del término, no son lo mismos.
La palabra «género» deriva de la raíz latina
que significa «concebir, procrear, generar, crear, producir». Un momento de
consideración sobre el asunto demostrará que esa palabra tiene un significado
mucho más amplio y general que el término «sexo», pues este se refiere a las
distinciones físicas entre los seres machos y hembras. El sexo no es más que
una mera manifestación del Género en cierto plano del Gran Plano Físico: el de
la vida orgánica. Es necesario que esta distinción se imprima en la mente,
porque ciertos escritores que han adquirido algunas nociones de filosofía hermética
han tratado de identificar este séptimo principio con estúpidas y a veces
reprensibles teorías y enseñanzas concernientes al sexo.
El oficio del género es solamente el de crear,
producir, generar, etc., y sus manifestaciones son visibles en todos los planos
fenomenales. Es un tanto difícil aportar pruebas de esto siguiendo las líneas
científicas, porque la ciencia no ha reconocido todavía a este principio como
de aplicación universal. Pero, así y todo, van produciéndose algunas pruebas
provenientes de fuentes científicas. En primer lugar, encontramos una
manifestación distinta del Principio del Género entre los corpúsculos, iones o
electrones, que constituyen las bases de la materia como la ciencia lo reconoce
actualmente, y que, al constituir determinadas combinaciones, forman el átomo,
que anteriormente se consideraba como el punto final e indivisible.
La última palabra de la ciencia es que el
átomo está compuesto por una multitud de corpúsculos, electrones o iones
(diversos nombres de la misma cosa), que giran unos en torno de otros y vibran
con un elevado grado de intensidad. Pero se postula además que la formación del
átomo se debe realmente a que los corpúsculos negativos se pongan a girar en
torno de uno positivo. Los corpúsculos positivos parecen ejercer cierta
influencia sobre los negativos, impulsando a estos a constituir ciertas
combinaciones que dan como resultado la «creación» o «generación» de un átomo.
Y esto está perfectamente de acuerdo con las más antiguas enseñanzas
herméticas, que han identificado siempre al principio masculino del género con
lo «positivo» y al femenino con lo «negativo», como en la electricidad, por
ejemplo.
Puédese agregar ahora que la mente pública se
ha formulado una impresión completamente errónea sobre las cualidades del
llamado «polo negativo» de la materia electrizada o magnetizada. Los términos
positivos y negativos han sido pésimamente aplicados a este fenómeno. La
palabra «positivo» significa algo real y fuerte en comparación con la
irrealidad o debilidad del negativo. Pero nada está más lejos de los hechos
reales de los fenómenos eléctricos. El polo negativo de la batería es realmente
el polo en y por el cual se manifiesta la generación o producción de formas y
energías nuevas. Nada hay de «negativo» en él. Los hombres de ciencia de mayor
autoridad están actualmente empleando la palabra «cátodo» en vez de «negativo»,
derivando cátodo de una raíz griega que significa «desciende, el recorrido o
camino de la generación», etc. Del cátodo emerge el torbellino de electrones o
corpúsculos; del mismo polo surgen esos maravillosos «rayos» que han
revolucionado las concepciones científicas durante la pasada década. El polo
catódico es la madre de todos los extraños fenómenos que han convertido en
inútiles a los antiguos libros de texto y que han hecho que teorías mucho
tiempo aceptadas hayan sido relegadas al montón de los desechos de las
especulaciones científicas. El cátodo, o polo negativo, es el principio madre
de los Fenómenos Eléctricos y de las más sutiles formas de materia que la
ciencia conoce actualmente. De manera, pues, que existen poderosas razones que
impulsan a rechazar el término «negativo», insistiendo en sustituirlo por la
palabra «femenino» en vez del término antiguo. Los hechos nos conducen a esto,
sin tener en cuenta para nada la doctrina hermética, y, por consiguiente,
emplearemos la palabra «femenino» en vez de «negativo» al hablar de dicho polo
de actividad.
Las últimas enseñanzas científicas dicen que
los corpúsculos o electrones creadores son femeninos. (La ciencia dice que
«están compuestos por electricidad negativa» y nosotros que están compuestos
por energía femenina).
Un corpúsculo femenino se destaca, o mejor
dicho, deja a un corpúsculo masculino y comienza una nueva carrera. Activamente
busca una unión con un corpúsculo masculino, animado por el impulso natural a
crear nuevas formas de materia o energía. Cierto autor va aún más lejos y dice
que «enseguida busca, por su propia voluntad, una unión»… este desprendimiento
y unión forman la base de la mayor parte de las actividades en el mundo
químico. Cuando un corpúsculo femenino se une a otro masculino, empieza
determinado proceso. Las partículas femeninas vibran más intensamente bajo la
influencia de la energía masculina y giran rápidamente en torno de esta última.
El resultado es el nacimiento de un nuevo átomo. Este nuevo átomo está
compuesto realmente por una unión de electrones masculinos y femeninos, pero
cuando la unión se efectúa el átomo es una cosa separada, que posee ciertas
propiedades, pero que ya no manifiesta más la propiedad de electricidad en
libertad. El proceso del desprendimiento o separación de los electrones
femeninos se llama «ionización». Estos electrones o corpúsculos son los obreros
más activos en el campo de la Naturaleza. De sus uniones o combinaciones surgen
las diversas manifestaciones de la luz, del calor, de la electricidad, del
magnetismo, de la atracción, de la repulsión, de las afinidades químicas y sus
contrarios, así como otros fenómenos de índole similar. Y todo surge de la
operación del principio de género en el plano de la energía.
El papel del principio masculino parece ser el
de dirigir a cierta energía inherente hacia el principio femenino, poniendo así
en actividad el proceso creador. Pero el principio femenino es el único que
ejecuta siempre el trabajo activo creador en todos los planos absolutamente.
Pero, sin embargo, cada principio es incapaz de energía operadora sin la ayuda
del otro. En algunas de las formas de la vida los dos principios se combinan en
un solo organismo. Por esta razón, todo en el mundo orgánico manifiesta ambos
géneros: siempre está el principio masculino presente en la forma femenina. Las
enseñanzas herméticas comprenden en gran parte la operación de los dos
principios del género en la producción y manifestación de las diversas formas
de energía, etc., pero no es necesario entrar en detalles sobre el mismo en
este asunto, pues no es posible endosarlas momentáneamente con pruebas
científicas que aún no existen, debido a que la ciencia no ha progresado
todavía suficientemente. Pero el ejemplo expuesto sobre los fenómenos de los
electrones o corpúsculos demuestra que la ciencia está en el verdadero camino y
también da una idea general sobre los principios subyacentes.
Algunos investigadores científicos han
anunciado su creencia de que, en la formación de los cristales, se encuentra
algo que corresponde a una especie de actividad sexual, lo que es una prueba
más de la dirección de donde sopla el viento actualmente sobre el campo de la
ciencia.
Y cada año que pasa aportará nuevos hechos que
corroborarán la exactitud del Principio Hermético de Género. Se encontrará que
el género está en operación constante, manifestándose en todo el campo de la
materia inorgánica, así como en el campo de la energía o fuerza. La
electricidad se considera actualmente como «algo» en lo que todas las demás
formas de energía se mezclan o disuelven. La Teoría Eléctrica del Universo es
la última doctrina científica emitida, y está adquiriendo rápidamente gran
popularidad y aceptación. Y de esto se deduce que, si hemos podido descubrir en
el fenómeno de la electricidad, en la misma raíz o fuente de sus
manifestaciones, una evidencia clara e inequívoca de la presencia del género y
de sus actividades, se puede afirmar sin miedo que la ciencia llegará,
últimamente, a ofrecer pruebas de la existencia, en todos los fenómenos del
universo, de ese gran principio hermético: el Principio de Género.
No es necesario perder el tiempo hablando del
conocido fenómeno de la «atracción y de la repulsión» de los átomos, de la
afinidad química, de los amores y odios de las moléculas, de la atracción o
cohesión entre las partículas de la materia. Esos hechos son harto conocidos
como para exigir mayores comentarios. Pero, ¿se ha pensado alguna vez en que
todas esas cosas no son más que manifestaciones del principio de Género? ¿No se
ve claramente que el fenómeno es general, trátese de corpúsculos, moléculas o
electrones? Y todavía más: ¿no es enteramente razonable y lógica la enseñanza
hermética que afirma que la misma ley de la gravitación —esa extraña atracción
por la cual todas las partículas y cuerpos en el universo tienden unos hacia
otros— no es sino otra manera de manifestarse del principio del género, que
opera en la dirección de atraer las energías masculinas hacia las femeninas y
viceversa? No es posible ofrecer pruebas científicas por el momento, pero si se
examinan los fenómenos a la luz de las doctrinas herméticas sobre el asunto se
verá que no existe hipótesis alguna mejor que la actual, que explique los
problemas. Sométanse todos los fenómenos físicos a la prueba, y se verá que el
principio del género se hace evidente.
Pasemos ahora a considerar la operación de
este principio en el plano mental. Muchos hechos interesantes están esperando
nuestro examen.
Capítulo XIV
Género mental
Los estudiantes de sicología que han seguido
atentamente el tren del pensamiento moderno en lo que respecta a los fenómenos
mentales habrán quedado extrañados de la rara insistencia de la idea o concepto
de la dualidad mental que se ha manifestado tan fuertemente durante los diez o
quince años últimos, y que ha dado origen a gran número de plausibles teorías
concernientes a la naturaleza y constitución de esa «doble mente». El difunto
Thomson J. Hudson alcanzó gran popularidad en 1893 al enunciar su conocida
teoría sobre las «mentes objetiva y subjetiva», que, según sostenía, existían
en cada individuo. Otros autores han llamado igualmente la atención con sus
teorías referentes a las mentes «consciente y subconsciente», mentes voluntaria
e involuntaria, mente activa y pasiva, etc. Esas teorías podrán diferir según
cada autor, pero siempre queda el principio básico que es el de la dualidad
mental.
El estudiante de la filosofía hermética se
siente tentado por la sonrisa cuando lee y oye hablar de esas numerosas teorías
nuevas, respecto a la dualidad de la mente, adhiriéndose cada escuela tenazmente
a su propia doctrina, proclamando cada una con empeño que ha sido ella la que
ha descubierto la verdad. El estudiante que hojee el libro de la historia
oculta encontrará en su mismo principio referencias a las antiguas enseñanzas herméticas
sobre el principio del género. Y si prosigue su examen, encontrará que esa
antigua filosofía conoció el fenómeno de la dualidad mental y la explicó
mediante la teoría del género en la mente. Este concepto del género mental
puede ser explicado en pocas palabras a los estudiantes que ya se han
familiarizado con las teorías modernas que aluden al mismo. El principio
masculino de la mente corresponde a la llamada mente objetiva, mente consciente,
mente voluntaria o activa, etc., en tanto que el principio femenino corresponde
a la llamada mente subjetiva, subconsciente, involuntaria, pasiva, etc.
Por supuesto, la enseñanza hermética no
concuerda con las muchas teorías modernas concernientes a las dos fases de la
mente, ni admite muchos de los hechos proclamados por esas escuelas en apoyo de
ese doble aspecto. Si indicamos la base de la concordancia es para facilitar al
estudiante la asimilación de los conocimientos adquiridos con anterioridad
sobre la filosofía hermética. Los estudiantes de Hudson conocerán la
proposición que se hace en el principio del segundo capítulo de su obra The
Law of Psychic Phenomena (la Ley de los Fenómenos Psíquicos), que dice: «la
jerigonza mística de los filósofos herméticos expresa la misma idea general»… o
sea la dualidad de la mente. Si el doctor Hudson se hubiera tomado el trabajo
de descifrar algo más «la jerigonza mística de la Filosofía Hermética» hubiera
recibido mucha luz sobre el punto de la dualidad de la mente; pero entonces,
quizás, su obra más interesante no hubiera sido escrita. Consideremos ahora las
enseñanzas herméticas concernientes al género mental.
Los instructores herméticos imparten
enseñanzas concernientes a este punto, pidiendo a sus discípulos que se atengan
al proceso de su propia conciencia, a su propio yo. El discípulo fija entonces
su atención internamente sobre el ego que está en cada uno de nosotros. Cada
estudiante ve que su propia conciencia le da como primer resultante de la
existencia de su yo: «Yo Soy». Esto, al principio, parece ser la palabra final
de la conciencia, pero un examen ulterior desprende el hecho de que esto «yo
soy» puede separarse en dos partes distintas o aspectos que, si bien trabajan
al unísono y en conjunción, sin embargo puede ser separadas en la conciencia.
Si bien al principio parece que sólo existe un
único Yo, un examen más cuidadoso revela que existe un «yo» y un «mí». Este par
mental difiere en características y naturaleza, y el examen de esta, así como
de los fenómenos que surgen de la misma, arrojan gran luz sobre muchos de los
problemas de la influencia mental.
Comencemos considerando el «mí», que
generalmente se confunde con el «yo», si no se profundiza mucho en los recesos
de la conciencia. El hombre piensa de sí mismo (en su aspecto de «mí» o «me»)
como si estuvieran compuesto por ciertos sentimientos, agrados, gustos, y
disgustos, hábitos, lazos especiales, características, etc., todo lo cual forma
su personalidad, o el ser que conoce él mismo y los demás. El hombre sabe que
estas emociones y sentimientos cambian, que nacen y mueren, que están sujetos
al principio del Ritmo y al de la Polaridad, cuyos principios lo llevan de un
extremo a otro. También piensa de sí mismo como cierta suma de conocimientos
agrupados en su mente, que forman así una parte de él.
Éste es el «mí» o «me» del hombre.
Pero quizás hemos precedido demasiado aprisa.
El «mí» de muchos hombres está compuesto en gran parte de la conciencia que
tiene de su propio cuerpo y de sus apetitos físicos, etc. Y, estando su
conciencia limitadas en alto grado a su naturaleza corporal, prácticamente
«viven allí». Algunos hombres van tan allá en esto que consideran su apariencia
personal como parte de su «mí», y realmente la consideran parte de sí mismo. Un
escritor dijo con mucho humorismo en una oportunidad que el hombre se compone
de tres partes: «Alma, cuerpo y vestidos». Y esto haría que muchos perdieran su
personalidad si se les despojara de sus vestidos. Pero, aun aquellos que no
están tan estrechamente esclavizados con la idea de su apariencia personal, lo
están por la conciencia de sus cuerpos. No pueden concebirse sin él. Su mente
les parece que es algo «que pertenece» a su cuerpo, lo que, en muchos casos, es
realmente cierto.
Pero conforme el hombre adelanta en la escala
de la conciencia, va adquiriendo el poder de desprender a su «mí» de esa idea
corporal, y puede pensar de su cuerpo que es algo «que pertenece» a su propia
parte mental. Pero aun entonces es muy capaz de identificar el «mí»
completamente con sus estados mentales, sensaciones, etc., que siente existen
dentro de él. E identificará esos estados consigo mismo, en vez de estimarlos
como simples «cosas» producidas por su mentalidad, existentes en él, dentro de
él y proviniendo de él, pero que, sin embargo, no son él mismo. Puede comprobar
también que esos estados cambian mediante un esfuerzo volitivo, y que es capaz
de producir una sensación o estado de naturaleza completamente opuesta de la
misma manera, y, sin embargo, sigue existiendo siempre el mismo «mí». Después
de un tiempo, podrá así dejar a un lado esos diversos estados mentales,
emociones, sentimientos, hábitos, cualidades, características y otras
posesiones personales, considerándolas como una colección de cualidades,
curiosidades o valiosas posesiones del «no mí». Esto exige mucha concentración
mental y poder de análisis de parte del estudiante. Pero ese trabajo es
posible, y hasta los que no están muy adelantados pueden ver, en su
imaginación, como se realiza el proceso descrito.
Después de realizado ese ejercicio el
discípulo se encontrará en posesión consciente de un «Ser» que puede ser
considerado bajo su doble aspecto del «yo» y de «mí». El «mí» se sentirá como
algo mental en lo que pueden producirse los pensamientos, ideas, emociones,
sentimientos y otros estados mentales. Puede ser considerado como si fuera la
«matriz mental», según decían los antiguos, capaz de generar mentalmente. Este
«mí» se denuncia a la conciencia poseyendo poderes de creación y generación
latentes, de todas clases. Su poder de energía creadora es enorme, según puede
sentirlo uno mismo. Pero, a pesar de todo, se tiene la conciencia de que debe
recibir alguna forma de energía, bien del mismo «yo», inseparable compañero, o
bien de algún otro «yo», a fin de que así pueda producir sus creaciones
mentales. Esta conciencia aporta consigo una realización de la enorme capacidad
de trabajo mental y de poder creador que encierra.
El estudiante encuentra pronto que no es todo
lo que hay en conciencia íntima, pues ve que existe un algo mental que puede
«querer» que el «mí» obre de acuerdo con cierta línea creadora y que, sin
embargo, permanece aparte, como testigo de esa creación mental. A esta parte de
sí mismo se le da el nombre del «yo». Y puede reposar en su conciencia a
voluntad. Allí se encuentra, no una conciencia de una capacidad de generar y
crear activamente en el sentido del proceso gradual común a las operaciones
mentales, sino más bien de la conciencia de una capacidad de proyectar una
energía del «yo» al «mí»: «Querer» que la creación mental comience y proceda.
También se experimenta que el «yo» puede
permanecer aparte, testigo de las operaciones o creaciones mentales del «mí».
Este doble aspecto existe en la mente de toda persona, el «yo» representa al
Principio Masculino del género mental, y el «mí» al Principio Femenino. El «yo»
representa el aspecto de Ser; el «mí» el aspecto de «devenir». Se notará que el
principio de correspondencia opera en este plano lo mismo que en el que se
realiza la creación del Universo. Los dos son parecidos, si bien difieren enormemente
de grado. «Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba».
Estos aspectos de la mente —los principios
masculinos y femeninos— el «yo» y el «mí» —considerados en relación con los
fenómenos psíquicos y mentales ya conocidos—, dan la clave maestra para
dilucidar la operación y manifestación de esas nebulosas regiones de la mente.
El principio del género mental aporta la verdad que se encierra en todo el
campo de los fenómenos de influencia mental.
La tendencia del principio femenino es siempre
la de recibir impresiones, mientras que la tendencia del masculino es a darlas
o a expresarlas. El principio femenino tiene un campo de acción mucho más
variado que el masculino. El principio femenino conduce el trabajo de generar
nuevos pensamientos, conceptos, ideas, incluso la obra de la imaginación. El
masculino se contenta con el acto de «querer» en sus varias fases. Sin embargo,
sin la ayuda activa de la voluntad del principio masculino, el femenino puede
contentarse con generar imágenes mentales que son el resultado de impresiones
recibidas del exterior, en vez de producir creaciones mentales originales.
Las personas que pueden prestar continuada
atención a un sujeto emplean activamente ambos principios mentales: el
femenino, en el trabajo activo de la generación mental, y el masculino en
estimular y dar energía a la porción creadora de la mente. La mayoría apenas
hace uso del principio masculino, y se contenta con vivir de acuerdo con los
pensamientos e ideas que se filtran en su «mí» y provienen del «yo» de otras
mentalidades. Pero no es nuestro propósito detenernos en esta faz del asunto,
cosa que puede estudiarse en cualquier tratado bueno de sicología, con la clave
ya indicada sobre el género mental.
El estudiante de los fenómenos psíquicos
conoce la realidad de los maravillosos fenómenos clasificados como telepatía,
influencia mental, sugestión, hipnotismo, etc. Muchos han buscado explicación a
estas diversas fases de los fenómenos, siguiendo las teorías de dualidad mental
promulgadas por los diferentes instructores. Y, hasta cierto punto, están en lo
cierto, porque, realmente existe una manifestación clara y definida de dos
fases distintas de actividad mental. Pero si esos estudiantes consideran esa
dualidad a la luz de las enseñanzas herméticas concernientes a la vibración y
al género mental, verían que la clave tan buscada la tienen al alcance de la
mano.
En los fenómenos telepáticos se ve que la
energía vibratoria del principio masculino se proyecta hacia el principio
femenino de otra persona, y que esta última absorbe ese pensamiento y le
permite desarrollarlo y madurarlo. En la misma forma obra la sugestión y el
hipnotismo. El principio masculino de una persona da la sugestión dirigiendo
una corriente de energía o poder vibratorio hacia el principio femenino de
otra, y ésta, al aceptarla, la hace suya y piensa en consecuencia. Una idea así
alojada en la mente de otra persona crece y se desenvuelve, y a su tiempo es
considerada como una verdadera creación mental del individuo, mientras que en
realidad no es más que el huevo de un cuco puesto en el nido del gorrión, pues
aquel pájaro pone sus huevos en un nido ajeno. El proceso normal es que el
principio masculino y el femenino de una persona obren coordinada y armoniosamente
conjuntamente. Pero, desgraciadamente, el principio masculino del hombre
corriente es demasiado inerte y perezoso para obrar y el y el despliegue de
poder volitivo es muy ligero, y, en consecuencia, la mayoría está dirigida por
las mentes y voluntades de los demás a quienes se permite querer y pensar por
uno mismo. ¿Cuántos pensamientos u obras originales hace el hombre corriente?
¿No es la mayoría de los hombres simple sombra o eco de los que tienen una
mente o voluntad más fuerte que la suya? La perturbación proviene de que el hombre
corriente descansa casi completamente en su conciencia del «mí» y no comprende
que, realmente tiene un «yo». Está polarizado en su principio femenino mental,
y su principio masculino, en el que reside la voluntad, está inactivo e inerte.
El hombre fuerte del mundo manifiesta
invariablemente el principio masculino de voluntad, y su fuerza depende
materialmente de este hecho. Y en vez de vivir en las impresiones que le
producen otras mentalidades, domina su propia mente, mediante su voluntad,
obteniendo así la clase de imágenes mentales que quiere y domina y dominando
así también las mentes ajenas de la misma manera.
Contémplese un hombre fuerte y véase como se
las arregla para implantar sus gérmenes mentales en la mente de las masas,
obligándolas así a pensar de acuerdo con sus deseos. Este es el porqué las
masas son como rebaños de carneros, que nunca originan una idea propia ni
emplean sus propios poderes y actividades mentales.
La manifestación del género mental puede
notarse en todas partes diariamente. Las personas magnéticas son las que pueden
emplear su principio masculino para imprimir sus ideas sobre los demás. El
actor que hace reír o llorar a la concurrencia está haciendo uso de este
principio. Igualmente sucede con el orador, político, predicador o cualquier o
cualquier otro que atraiga la atención pública. La influencia peculiar que
ejerce un hombre sobre otro es debido a la manifestación del género mental
según las líneas vibratorias ya indicadas. En este principio está el secreto
del magnetismo personal, de la fascinación, etc., así como también de los
fenómenos agrupados bajo el nombre de hipnotismo.
El estudiante que se ha familiarizado con los
fenómenos generalmente denominados psíquicos habrá descubierto la importante
parte que desempeña en los citados fenómenos esa fuerza que la ciencia llama
«sugestión», por cuyo término se indica el proceso o método por el cual se
transfiere una idea o se imprime sobre la mente de otro, obligando así a la
segunda mentalidad a obrar concordantemente. Una verdadera comprensión de la
sugestión es necesaria para comprender inteligentemente los varios fenómenos
psíquicos a que la sugestión da origen. Pero aún es más necesario el
conocimiento de la vibración y del género mental, porque todo el principio
sugestivo depende de estos.
Los escritores sobre la materia de sugestión
dicen que la mente objetiva o voluntaria es la que hace la impresión mental, o
sugestión, sobre la mente subjetiva o involuntaria. Pero no describen el
proceso ni indican alguna analogía mediante la cual sea más fácil comprender la
idea. Si se contempla el asunto a la luz de las enseñanzas herméticas, se verá
que la energetización del principio femenino por la energía vibratoria del
masculino está de acuerdo con las leyes universales de la naturaleza, y el
mundo natural ofrece innumerables analogías que facilitan la comprensión del
principio. En realidad, la doctrina hermética afirma que la misma creación del
universo obedece a dicha ley y que en todas las manifestaciones creadoras sobre
los planos espiritual, mental, y físico, siempre está en operación el principio
de género: la expresión de los principios masculino y femenino. «Como es
arriba, es abajo; como es abajo, es arriba». Y aun más que esto: cuando se
comprende este principio se es capaz de clasificar inteligentemente de
inmediato los variados fenómenos psicológicos, en vez de quedarse confuso ante
ellos. El principio realmente trabaja en la práctica, porque está basado sobre
las leyes universales e inmutables de la vida.
No entraremos ahora en una dilucidación
detallada de los diversos fenómenos concernientes a la influencia mental o a la
actividad psíquica. Hay muchos libros, en su mayor parte muy buenos, que se han
escrito últimamente sobre el asunto. Los hechos principales señalados en esas
obras son exactos, aunque los diversos autores tratan de explicarlos por las
diferentes teorías de su propia cosecha. El estudiante puede familiarizarse con
estas materias, y utilizando la doctrina del género mental podrá coordinar
convenientemente la masa caótica de teorías y enseñanzas en conflicto, y podrá,
además, adueñarse completamente del asunto si a ello se sintiera inclinado. El
objeto de esta obra no es el de dar una explicación extensa de los fenómenos
psíquicos, sino más bien el de indicar sencillamente la clave maestra que abre
las muchas puertas que conducen al Templo del Saber, si se desea explorar su
interior. Creemos que al examinar las enseñanzas encerradas en El Kybalion
es fácil encontrar la explicación de muchas dificultades que confunden. De nada
sirve entrar en detalles referentes a las muchas características de los
fenómenos psíquicos y mentales si al estudiante le son dados los medios para
comprender el asunto que atrae su atención. Con la ayuda de El Kybalion se
puede entrar en cualquier biblioteca, pues la antigua luz de Egipto iluminará
las páginas confusas y los problemas obscuros. Éste es el verdadero objeto de
esta obra. No venimos a exponer una filosofía nueva, sino a suministrar las
bases fundamentales de la antigua enseñanza universal que esclarece todas las
doctrinas, y que servirá para conciliar todas las teorías, por diferentes u
opuestas que parezcan.
Capítulo XV
Axiomas herméticos
«La posesión del conocimiento, si no va
acompañada por una manifestación y expresión en la práctica y en la obra, es lo
mismo que el enterrar metales preciosos: una cosa vana e inútil. El
conocimiento, lo mismo que la fortuna, deben emplearse. La ley del uso es universal,
y el que la viola sufre por haberse puesto en conflicto con las fuerzas
naturales.»
El Kybalion.
Las enseñanzas herméticas han sido
cuidadosamente mantenidas en secreto, en el corazón de sus afortunados
poseedores, por las razones ya expuestas, pero nunca se pensó en mantenerlas
siempre así. La ley del uso está encerrada en dichas enseñanzas, como puede
verse en el párrafo anterior. Si no se emplea y expresa, el conocimiento es una
cosa vana que no puede aportar el menor beneficio a su poseedor ni a su raza.
Guardémonos de toda avaricia mental, y expresemos en la acción lo que hayamos
aprendido. Estúdiense los axiomas y aforismos, pero practíquenselos también.
Damos a continuación algunos de los más
importantes axiomas herméticos, tomados de El Kybalion, con algunos
comentarios agregados. Que cada uno los haga suyos y los practique y emplee,
porque nunca serán realmente una posesión propia hasta que se los haya llevado
a la práctica.
«Para cambiar vuestra característica o estado
mental, cambiad vuestra vibración.»
Uno puede cambiar sus vibraciones mentales,
mediante un esfuerzo de la voluntad, fijando la atención deliberadamente sobre
el estado deseado. La voluntad es la que dirige a la atención, y ésta es la que
cambia la vibración. Cultívese el arte de estar atento, por medio de la
voluntad y se habrá resuelto el problema de dominar las propias modalidades y
estados de la mente.
«Para destruir un grado de vibración no deseable,
póngase en operación el principio de polaridad y concéntrese a la atención en
le polo opuesto al que se desea suprimir. Lo no deseable se mata cambiando su
polaridad.»
Ésta es una de las más importantes fórmulas
herméticas y está basada sobre verdaderos principios científicos. Ya se indicó
que un estado mental y su opuesto eran sencillamente dos polos de una misma
cosa, y que mediante la transmutación mental esa polaridad podía ser invertida.
Los modernos psicólogos conocen ese principio y lo aplican para disolver los
hábitos no deseables, aconsejando a sus discípulos la concentración sobre la
opuesta cualidad. Si uno tiene miedo, es inútil que pierda su tiempo tratando
de matar el miedo, sino que debe cultivar el valor, y entonces el miedo
desaparecerá. Algunos autores han expresado esta idea, ilustrándola con el
ejemplo de una habitación oscura. No hay que perder el tiempo tratando de
arrojar afuera a la oscuridad, sino que es muchísimo mejor abrir las ventanas y
dejar entrar la luz, y la oscuridad desaparecerá por sí sola. Para matar una
cualidad negativa es necesario concentrarse sobre el polo positivo de esa misma
cualidad, y las vibraciones cambiarán gradualmente de negativas en positivas,
hasta que finalmente se polarizará en el polo positivo, en vez de estarlo en el
negativo. La inversa es también verdad, porque muchos han encontrado el dolor
por haberse permitido vibrar demasiado constantemente en el polo negativo de
las cosas. Cambiando la polaridad pueden dominarse las modalidades y estados
mentales, rehaciendo toda la disposición propia y construyendo así el carácter.
Mucha parte del dominio que los herméticos avanzados poseen sobre su mentalidad
es debida a la inteligente aplicación de la polaridad, que es uno de los más
importantes aspectos de la transmutación mental. Recuérdese el axioma
hermético, citado anteriormente, que dice:
«La mente, así como los metales y los elementos,
puede transmutarse de grado en grado, de condición en condición, de polo a
polo, de vibración en vibración.»
Dominar la polaridad significa dominar los
principios de la transmutación o alquimia mental; porque, salvo que se adquiera
el arte de cambiar la propia polaridad, no se podrá afectar el ambiente que nos
rodea. Si comprendemos ese principio podemos cambiar nuestra propia polaridad,
así como la de los demás, siempre que dediquemos a ello el tiempo, el cuidado,
el estudio y la práctica necesarios para dominar ese arte. El principio es
verdad, pero los resultados que se obtienen dependen de la persistente
paciencia y práctica del estudiante.
«El ritmo puede neutralizarse mediante el arte de
la polarización.»
Como ya explicamos en los capítulos
anteriores, los herméticos sostienen que el principio del Ritmo se manifiesta
en el Plano Mental, así como en el Plano Físico, y que la encadenada sucesión
de modalidades, sentimientos, emociones y otros estados mentales, son debida al
movimiento oscilante del péndulo mental, que nos arrastra de un extremo a otro.
Los herméticos enseñan además que la ley de la neutralización nos capacita, en
gran extensión, a sobreponernos a la operación del Ritmo en la conciencia. Como
ya hemos explicado, existe un plano de conciencia superior, así como uno
inferior, y el maestro, elevándose mentalmente al plano superior, hace que la
oscilación del péndulo mental se manifieste en el plano inferior, mientras él
permanece en el otro, librando así su conciencia de la oscilación contraria.
Ésta se efectúa polarizándose en el Yo
Superior, elevando así las vibraciones mentales del Ego sobre el plano de
conciencia ordinario. Es lo mismo que levantarse por encima de una cosa y permitir
que ésta pase por debajo. El hermético avanzado se polariza en el polo positivo
de su ser, el YO SOY, más bien que en el polo de su personalidad, y, rehusando
y negando la operación del Ritmo, se eleva sobre su plano de conciencia,
permaneciendo firme en su afirmación de ser, y la oscilación pasa en el plano
inferior, sin cambiar para nada su propia polaridad. Esto lo realizan todos los
individuos que han alcanzado cualquier grado de dominio propio, comprendan o no
la ley. Esas personas rehúsan sencillamente el dejarse arrastrar por la
oscilación, y afirmando resueltamente su superioridad permanecen polarizados
positivamente. El maestro por supuesto, alcanza un mayor grado de
perfeccionamiento porque comprende perfectamente la ley que está dominando con
la ayuda de una ley Superior, y mediante su voluntad adquiere un grado de
equilibrio y firmeza casi imposible de concebir por los que se dejan llevar de
un lado a otro por las oscilaciones de la emotividad.
Recuérdese siempre, sin embargo, que el
principio del Ritmo no puede ser destruido, porque es indestructible. Sólo es
posible sobreponerse a una ley equilibrándola con otra, manteniéndose así el
equilibrio. Las leyes del equilibrio operan tanto en el plano mental como en el
físico, y la comprensión de esas leyes le permiten a uno sobreponerse a ellas,
contrabalanceándolas.
«Nada escapa al principio de causa y efecto, pero
hay muchos planos de Causalidad y uno puede emplear las leyes del plano
superior para dominar a las del inferior.»
Comprendiendo la práctica de la polarización,
el hermético se eleva al plano superior de causalidad, equilibrando así las
leyes de los planos inferiores. Elevándose sobre el plano de las causas
ordinarias se convierte uno, hasta cierto punto, en una causa, en vez de ser un
simple efecto. Pudiendo dominar los sentimientos y modalidades propias, y
neutralizando el ritmo, se puede rehuir gran parte de las operaciones de la ley
de causa y efecto en el plano ordinario. Las masas se dejan arrastrar,
obedeciendo al ambiente que las rodea, a las voluntades y deseos de algunos
hombres más fuertes que ellas, a los efectos de las tendencias heredades o a
las sugestiones u otras causas exteriores, no siendo más que simples fichas en
el tablero de ajedrez de la vida. Elevándose sobre esas causas, los herméticos
avanzados buscan un plano de acción mental superior, y dominando sus propias cualidades,
se crean un nuevo carácter, cualidades y poderes, mediante los cuales se
sobreponen a su ambiente ordinario, haciéndose así directores en vez de dirigidos.
Esos individuos ayudan a la realización del juego de la vida conscientemente,
en vez de dejarse mover por influencias, poderes o voluntades externas. Emplean
el principio de causa y efecto en vez de dejarse dominar por él. Por supuesto,
aun los seres más elevados están sujetos a este principio según se manifiesta
en los planos superiores, pero en los inferiores son señores y no esclavos.
Según dice El Kybalion:
«El sabio sirve en
lo superior, pero rige en lo inferior. Obedece a las leyes que están por encima
de él, pero en su propio plano y en las que están por debajo de él, rige y
ordena. Sin embargo, al hacerlo, forma parte del principio en vez de oponerse
al mismo. El sabio se sumerge en la Ley, y comprendiendo sus movimientos, opera
en ella en vez de ser su ciego esclavo. Semejantemente al buen nadador, va de
aquí para allá, según su propia voluntad, en vez de dejarse arrastrar como el
madero que flota en la corriente. Sin embargo el nadador, el sabio y el
ignorante, están todos sujetos a la ley. Aquél que esto comprenda va en el buen
camino que conduce a la Maestría.»
Para concluir, recordamos nuevamente el axioma
hermético que dice que: «La verdadera transmutación hermética es un arte
mental».
En dicho axioma el hermético indica que el
ambiente externo se influencia mediante el poder de la mente. El Universo, que
es totalmente mental, puede ser solamente dominado mediante la mentalidad. En
esta verdad se encontrará la explicación de todos los fenómenos y
manifestaciones de los diversos poderes mentales que tanto están atrayendo la
atención actualmente, en pleno siglo XX. Tras toda la enseñanza dada por las
diversas escuelas o religiones, yace siempre constantemente el principio de la
substancialidad mental del Universo. Si éste es mental, en su naturaleza
intrínseca, fácilmente se deduce que la transmutación mental debe modificar y
transformar las condiciones y los fenómenos del Universo, y que la mente debe
ser el mayor poder que pueda afectar sus fenómenos. Si se comprende esta
verdad, todos los llamados milagros y maravillas dejarán de tener punto alguno
oscuro, porque la explicación es por demás clara y sencilla.
«El TODO es MENTE; el Universo es mental.»
El esoterismo es rico en palabras claves,
símbolos y «esencias» conceptuales. Su transmisión, a través de las edades,
implicó un esforzado aprendizaje, una memorización de significados, «acentos» y
una persistente custodia de sus valores originales para que nada de lo
preservado perdiera su color, su sabor, su propósito y su intensidad. Al amparo
de tales premisas fue creciendo paulatinamente el árbol de la ciencia hermética
que reconoce como sus raíces a El Kybalion. Y este último resumen de un
conocimiento intemporal, encontró en Hermes Trismegisto a su más consumado
mentor y mensajero. En estas páginas redactadas con hondura y exactitud por
tres iniciados, es posible pasar revista a tópicos realmente sapienciales sobre
la filosofía oculta. Sus principios rectores (en los que el mentalismo, la
correspondencia, la vibración, la polaridad, causa y efecto, y la generación
juegan papeles preponderantes); la transmutación mental, la totalidad, el
universo mental, la paradoja divina y los axiomas herméticos son tan sólo
algunos de los temas tan bien expuestos aquí. El Kybalion es, pues, una
exposición sincera y rotunda de los esquemas básicos del esoterismo, y como muy
bien lo señalan los tres iniciados, no se proponen erigir un nuevo templo de la
sabiduría, sino poner manos del investigador la llave que abrirá las numerosas
puertas internas que conducen hacia el Templo del Misterio. Y, en rigor de la
verdad, las muchas reediciones de esta obra, su constante renovación, a través
de los distintos círculos herméticos del mundo en sus reflexiones, pláticas,
conferencias y clases, son ratificación elocuentísima de las bondades de una
doctrina que ilumina a la humanidad desde hace siglos.
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